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LA VOZ DEL OBISPO: Los beneficios espirituales del ayuno

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
03/02/2017 | Comments

El Miércoles de Ceniza marca el inicio de nuestra celebración anual del tiempo penitencial de la Cuaresma.  Las tres prácticas penitenciales de Cuaresma, que se derivan de las Sagradas Escrituras, así como de nuestra tradición cristiana, son la oración, la limosna y el ayuno.

Cada año, la lectura del Evangelio para el Miércoles de Ceniza menciona cada una de estas prácticas penitenciales.  Al comenzar este tiempo santo, los invito a considerar especialmente la práctica del ayuno.

El ayuno era una práctica del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento.  Moisés ayunó antes de recibir el decálogo de Dios.  El profeta Elías ayunó antes de encontrarse con el Señor en el monte Horeb.  Lo más significativo, sin embargo, es el ejemplo del propio ayuno de Jesús durante los cuarenta días en el desierto.  Leemos en el Evangelio de San Mateo:  “Entonces Jesús, movido por el Espíritu, se retiró al desierto para ser tentado por el Diablo.  Hizo un ayuno de cuarenta días con sus noches y al final sintió hambre” (Mt. 4, 1-2).

Algunos podrían preguntarse si el ayuno todavía tiene un sentido y un valor para los cristianos de hoy.  ¿Cómo privarnos de algo que es bueno, es decir, los alimentos, nos ayuda a ser mejores católicos?  Antes de responder a esta pregunta, el Papa advierte que a lo largo de la historia cristiana ha habido una constante enseñanza de que el ayuno sin duda nos ayuda a crecer en la santidad.

San Pedro Crisólogo (406-450), obispo y doctor de la Iglesia, escribió:  “Tres cosas hay hermanos, por las que se mantiene la fe, se conserva firme la devoción, persevera la virtud.  Estas tres cosas son la oración, el ayuno y la misericordia”. Acerca del ayuno, dice: “El ayuno es le alma de la oración, la misericordia es lo que da vida al ayuno.  Por tanto, el que ora, que ayune también, el que ayuna que practique asimismo la misericordia. Quien desea ser escuchado en sus oraciones que escuche él también a quien le pide,  pues el que no cierra sus oídos a las peticiones del que le suplica abre los de Dios a sus propias peticiones” (Sermón 43).

San Basilio sostiene que “el ayuno ya existía en el paraíso”, cuando Dios mandó a Adán a abstenerse de comer del fruto prohibido (cf. Sermo de jejunio).  Y así, si Adán desobedeció la orden del Señor, el creyente, a través del ayuno, tiene la intención de someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.

El ayuno, a continuación, se dirige a comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre (cf. Jn. 15, 11).  Cuando fue es tentado por Satanás para satisfacer su hambre en el desierto, Jesús respondió proclamando que “el hombre no vive sólo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (cf. Mt. 4, 4).  Es esta apertura a hacer la voluntad de Dios lo que el ayuno facilita.  ¿Pero cómo?

Después de cuarenta días de ayuno de Jesús tenía hambre. Estaba muy débil físicamente.  Podríamos pensar que su debilidad física también daría lugar a debilidad espiritual.  Pero lo que sucedió fue todo lo contrario.  Y lo mismo sucede con nosotros.  El ayuno realmente nos fortalece para resistir la tentación y el pecado.  Al negarnos a nosotros mismos los placeres de algunos alimentos, crecemos en nuestra determinación y nuestra capacidad de decir no al pecado. Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación.  A través del ayuno y la oración, permitimos que Él venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo más profundo de nuestro ser: el hambre y la sed de Dios.

El ayuno es aún más que simplemente fortalecernos para la batalla contra el pecado.  El ayuno también debería movernos a la caridad y la misericordia hacia el prójimo.  El profeta Isaías habla por Dios cuando escribe:  “¿Es ése el ayuno que el Señor desea, el día en que el hombre se mortifica?  Doblar la cabeza como un junco, acostarse sobre estera y ceniza, ¿a eso lo llaman ayuno, día agradable al Señor? El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; compartir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no despreocuparte de tu hermano” (Is. 58, 5-7).  Para evitar que el ayuno no sea más que el formalismo vacío del que Jesús nos advierte el Miércoles de Ceniza, la caridad debe ser el objetivo final de nuestros actos penitenciales.

Oro para que cada familia y comunidad cristiana utilice bien este tiempo de Cuaresma con el fin de alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo.

Les aseguro que todos y cada uno de ustedes encontrará un lugar muy especial en mis oraciones durante la Cuaresma. Por favor recen por mí.

(Traducido por Luis Baudry-Simon.)


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