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LA VOZ DEL OBISPO: La confesión sacramental es la clave de la conversión

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
03/17/2017 | Comments

La historia de la salvación es también la historia del pecado.  Desde el principio, como lo enseña el libro de Génesis, la creación buena de Dios fue infectada por el pecado, el pecado de Adán y Eva que es heredado por cada ser humano, así como los pecados propios de todos los descendientes de esos primeros padres.

Sin embargo, apenas Adán y Eva pecaron, Dios prometió que enviaría un Mesías y Redentor (cf. Gn 3, 9; 15).  Esta promesa se cumplió cuando el Padre envió a su propio Hijo, que moriría y resucitaría para que pudiéramos ser liberados del dominio del pecado y de la muerte.  Las primeras palabras del ministerio público de Jesús fueron una llamada a la conversión y al arrepentimiento:  “Se ha cumplido el tiempo  y está cerca el reino de Dios: arrepiéntanse y crean en la Buena Noticia” (Mc. 1, 15; cf. Mt. 4, 17).  Estas palabras, de hecho, constituyen el tema de toda la predicación de Jesús.  Sin la conversión genuina, es decir, sin el abandono del pecado junto con un verdadero arrepentimiento, no puede haber perdón.

Por el bautismo todos nuestros pecados, tanto el original como los personales, son perdonados y lavados.  El bautismo hace de cada cristiano una nueva creación cuya vida se ha incorporado en la propia vida de Dios.  No es de extrañar que San Pablo haya predicado con tanta fuerza que el pecado simplemente no debe tener cabida en la vida de un cristiano bautizado:  “Sabemos que Cristo, resucitado de la muerte, ya no vuelve a morir, la muerte no tiene poder sobre él.  Muriendo murió al pecado definitivamente; viviendo vive para Dios.  Lo mismo ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús (Rom. 6, 9-11).

Tan repugnante como la noción de “cristiano pecador” era para San Pablo, nadie sabía mejor que Pablo que incluso los bautizados siguen siendo propensos al pecado:  “Lo que realizo no lo entiendo,  porque no hago lo que quiero, sino que hago lo que detesto . . . Sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mis bajos instintos. El deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo.  No hago el bien que quiero, sino que practico el mal que no quiero” (Rom. 7, 15; 18-19).  ¿Acaso no es esta la experiencia de todos los cristianos?  Sabemos que hemos sido lavados en el bautismo, y sin embargo seguimos pecando.  Todo pecado daña la vida de Dios en nosotros, y el pecado mortal la destruye.  ¿Seguirá Dios siendo misericordioso con nosotros, aunque hayamos sido infieles a nuestro compromiso bautismal?

La respuesta, por supuesto, es un rotundo SÍ.  La misericordia de Dios es infinita.  Cada vez que nos arrepentimos de los pecados cometidos después del bautismo y buscamos el perdón del Señor, él está presente para restaurar la unión con él.  Esto es lo que hace Dios en el gran Sacramento Pascual de la Penitencia (Reconciliación).  Este es el sacramento de la misericordia de Dios, el primer don de Cristo resucitado a su Iglesia en el día de Pascua.  Sin este sacramento estaríamos condenados si hemos cometido un pecado mortal después del bautismo.

¿Por qué, entonces, es el Sacramento de la Penitencia ignorado por tantos católicos?  Como ya he dicho muchas veces antes, uno de los sucesos más lamentables en la Iglesia en las últimas décadas es la disminución drástica del número de los que buscan el perdón de sus pecados en el Sacramento de la Penitencia.  Una de las razones de la disminución en la apreciación del Sacramento de la Penitencia fue observada por el Papa san Juan Pablo II en su exhortación apostólica sobre la reconciliación y la penitencia en la misión de la Iglesia hoy.  En ese documento, el Papa escribe sobre lo que ve como una pérdida del sentido del pecado.  “Sucede frecuentemente en la historia, durante períodos de tiempo más o menos largos y bajo la influencia de múltiples factores, que se oscurece gravemente la conciencia moral en muchos hombres. Por lo tanto, es inevitable que en esta situación quede oscurecido también el sentido del pecado, que está íntimamente unido a la conciencia moral, a la búsqueda de la verdad, a la voluntad de hacer un uso responsable de la libertad” (nº 18).

Entre los varios remedios para esta pérdida del sentido del pecado que el Santo Padre menciona en ese mismo documento está, precisamente, un retorno a la confesión frecuente.  La celebración renovada del sacramento de por sí nos recordará que nos encontramos siempre en la necesidad del perdón de Dios, incluso cuando nos quita nuestros pecados.  Por el contrario, cuanto más nos alejamos de la confesión, más se adormece nuestro sentido del pecado en nuestras vidas y en el mundo.

Durante la Cuaresma, sobre todo, la Iglesia llama a cada uno de sus hijos a regresar a la confesión.  No puede haber verdadera conversión sin la gracia del sacramento.  Nos engañamos si pensamos que de alguna manera podemos perdonar nuestros propios pecados y crecer en santidad sin la gracia de Dios y los sacramentos.  Si este fuera el caso, no habría habido necesidad de un Redentor.

También hay que recordar que los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía están inextricablemente ligados entre sí.  La recepción de la Sagrada Comunión en estado de pecado mortal constituye un sacrilegio.  Incluso la recepción del Cuerpo y la Sangre del Señor con pecados veniales solamente en el alma de uno constituye un encuentro mucho menos adecuado con nuestro Salvador eucarístico.  El Sacramento de la Penitencia sigue siendo, como siempre lo ha sido, la mejor preparación para una recepción digna y fructuosa de la Eucaristía.

A medida que avanzamos hacia la gran fiesta de Pascua hago propias las palabras de San Pablo a los Corintios: “Les suplicamos: Déjense reconciliar con Dios” (2 Cor. 5, 20b).

(Traducido por Luis Baudry-Simon)


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