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LA VOZ DEL OBISPO: La comunión de los santos

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
11/02/2018 | Comments

En la mayoría de los días del año litúrgico de la Iglesia se presentan uno o más santos para nuestra veneración y celebración.  El 1º de noviembre celebramos la solemnidad de Todos los Santos, todos los santos hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares que ahora disfrutan de la plenitud de la vida y de la alegría con Dios en el cielo.

Conocemos los nombres de algunos de estos santos porque han sido canonizados y elevados para nuestra emulación y devoción.  Podemos asumir con seguridad que hay muchos otros santos cuyos nombres no conocemos, pero sin embargo los honramos en el Día de Todos los Santos.

La devoción a los santos es un sello de nuestra fe católica.  ¿Por qué es tan importante que conozcamos a los santos y les demos nuestra veneración?  Es porque los santos son nuestros héroes en la fe.  Hombres y mujeres como nosotros, los santos son ejemplos muy reales de santidad y perseverancia, a menudo frente a grandes sufrimientos.  Los santos son el clero, los religiosos y los laicos; hombres y mujeres; jóvenes y viejos, de todas las vocaciones y circunstancias de la vida.  Nos inspiramos en los ejemplos de sus vidas santas.  Han completado su peregrinaje al cielo, y nos invitan a seguirlos, asegurándonos que, con la gracia de Dios, también nosotros podemos ser santos.

Muchos de nosotros podemos recordar haber crecido escuchando las vidas de los santos en nuestros hogares y escuelas.  La Iglesia todavía nos insta a conocer a los santos familiarizándonos con sus vidas.  La Constitución Dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II nos recuerda que los santos nos muestran el rostro mismo de Cristo.  Él nos habla en ellos.  Llegamos a conocer a Cristo al conocer sus vidas heroicas.  Fue San Jerónimo quien dijo que la ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo.  Bien podríamos añadir que la ignorancia de los santos es también ignorancia de Cristo.

A menudo escuchamos de nuestros hermanos y hermanas separados que la devoción a los santos (incluyendo la devoción a la Santísima Virgen) disminuye nuestra devoción a Dios.  Pero es todo lo contrario. Cuando mostramos nuestro amor por los santos estamos, en ese mismo acto, dando gloria a Dios cuya gracia los ha hecho santos.  Los santos dan testimonio del poder y amor de Dios manifestado en sus creaturas.  En palabras de la Constitución sobre la Iglesia:  “Todo genuino testimonio de amor que ofrezcamos a los bienaventurados se dirige, por su propia naturaleza, a Cristo y termina en El, que es ‘la corona de todos los santos’, y por Él va a Dios, que es admirable en sus santos y en ellos es glorificado” (n. º 50).

Cada domingo, cuando recitamos el Credo Niceno, profesamos nuestra fe en “la comunión de los santos”.   En esto confesamos que estamos unidos a todos aquellos que han permanecido fieles a Cristo, ya sea vivos o muertos.  Esta gran comunión de santos incluye a todos los que están en el cielo, a las almas del purgatorio que un día disfrutarán de la gloria del cielo y, sí, a los que vivimos la vida de la gracia ahora.  San Pablo escribía a menudo a los “santos” que vivían en una Iglesia particular.  Él podía llamarlos santos porque, por la fe y el bautismo, compartían la vida de Dios mismo.  Pero nosotros, como los discípulos de Pablo, somos santos en potencia.  No habremos terminado hasta que respiremos el último aliento.  E incluso entonces podemos necesitar la purificación que es el purgatorio.

Así como nuestra oración por las almas en el purgatorio no debe limitarse al mes de noviembre, nuestra devoción a los santos debe ser una parte regular de nuestra vida espiritual como católicos.  Los animo a que tomen una de las muchas antologías de los santos y se familiaricen con su vida santa, especialmente con los santos que se celebran en el calendario litúrgico de la Iglesia.  Busquen su santa intercesión mientras celebran la liturgia en el trono celestial.  Muchas veces pedimos a nuestros hermanos católicos que oren por nosotros.  Cuánto más debemos pedir las oraciones de aquellos cuya santidad los ha puesto cara a cara con Dios en el cielo.  Una vez más, la Constitución sobre la Iglesia expresa nuestra fe de manera tan hermosa:

“Porque así como la comunión cristiana entre los viadores nos acerca más a Cristo, así el consorcio con los santos nos une a Cristo, de quien, como de Fuente y Cabeza, dimana toda la gracia y la vida del mismo Pueblo de Dios.  Es, por tanto, sumamente conveniente que amemos a estos amigos y coherederos de Cristo, hermanos también y eximios bienhechores nuestros; que rindamos a Dios las gracias que le debemos por ellos; que ‘los invoquemos humildemente y que, para impetrar de Dios beneficios por medio de su Hijo Jesucristo, nuestro Señor, que es el único Redentor y Salvador nuestro, acudamos a sus oraciones, protección y socorro’” (n. º 50).

Santos y santas de Dios, rueguen por nosotros.

(Traducido por Luis Baudry-Simon.


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