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LA VOZ DEL OBISPO: La enseñanza de la Iglesia sobre el divorcio y las segundas nupcias

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
01/20/2017 | Comments

Afin de aclarar la confusión que parece estar rodeando el tema de la recepción de la Sagrada Comunión por parte de los católicos divorciados y de quienes se volvieron a casar (sin el beneficio de un decreto de nulidad), creo que me corresponde a mí, como su obispo, aclarar una vez más la continua enseñanza y disciplina de la Iglesia con respecto a este tema. 

El matrimonio. “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados.” (Catecismo de la Iglesia Católica [CIC], 1601) Cuando una pareja se casa válida y sacramentalmente, surge un vínculo entre ellos que es, por su propia naturaleza, perpetuo y exclusivo; y ningún poder humano puede romperlo.

La unión entre un esposo y una esposa es el comienzo de toda relación humana. A menudo se confunde el significado de la palabra “relación”. “Relación” (interpersonal) indica el modo cómo uno se relaciona con otra persona. “Relación” (de conexión o parentesco), es un vínculo entre las personas. Por ejemplo, el vínculo entre un padre y un hijo es un vínculo filial — o una relación de parentesco. El modo como se relacionan el padre y el hijo entre sí, se le conoce como relación interpersonal. Las relaciones humanas (interpersonales) se pueden romper — incluso destruirse, pero una relación de parentesco es para siempre. Un padre podría tener una relación quebrada con su hijo, pero siempre continúa siendo su padre.

Sabemos que el vínculo del matrimonio — la relación de conexión —  es inquebrantable porque Cristo mismo nos lo ha dicho. “Se acercaron a Él [a Jesús] algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le dijeron: ‘¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo?’. Él respondió: ‘¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer’, y que dijo: ‘Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne?’. ‘De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido’. Le replicaron: ‘Entonces, ¿por qué Moisés prescribió entregar una declaración de divorcio cuando uno se separa?’. Él les dijo: ‘Moisés les permitió divorciarse de su mujer, debido a la dureza del corazón de ustedes, pero al principio no era así.’ Por lo tanto, yo les digo: ‘El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio’”. (Mt. 19:3-9)

Estas palabras, divinamente reveladas por el Señor, han sido transmitidas por la Iglesia Católica desde el principio. Los padres y doctores de la Iglesia, así como los papas y concilios ecuménicos, dan testimonio de la indisolubilidad del matrimonio, así como la prohibición para una persona divorciada de entrar en una nueva unión.

La reconciliación. “Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. La contrición es ‘el dolor del alma y el aborrecimiento del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar’” (CIC, 1451). La persona que está válidamente casada y entra en una segunda unión conyugal, vive en un estado que es objetivamente pecaminoso. Sólo si la pareja promete sinceramente abstenerse de la actividad sexual, puede recibir una absolución sacramental válida de sus pecados.

Ningún sacerdote puede pronunciar las palabras de absolución sabiendo que el penitente tiene la intención de seguir pecando. Si el sacerdote lo hace, la absolución es inválida y los pecados no son perdonados. Esto constituye también una grave falta a las facultades sacerdotales. El sacerdote tiene el deber de perdonar, aclarar y fortalecer la vida espiritual de todos los penitentes, pero absolver a un penitente que tiene la intención de seguir pecando, no se ajusta a esa vocación.

La Santa Comunión. “Por eso, el que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente peca en contra del Cuerpo y la Sangre del Señor . . . Porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación” (1 Cor. 11:27, 29). Si una persona está en una unión irregular, no puede recibir la Santa Comunión, a menos que el matrimonio previo haya sido declarado nulo por el tribunal de la Iglesia, o la pareja se comprometa a vivir como hermano y hermana.

El no poder recibir la Santa Comunión, sin embargo, no le resta significado a la Misa. La Misa es la forma más elevada de alabanza y adoración que se puede ofrecer a Dios. Es la representación del sacrificio de Cristo en el Calvario — se reciba o no la Santa Comunión. El recibir la Santa Comunión no es requisito para cumplir con nuestra obligación dominical. Todos los católicos, incluso si no pueden recibir la Santa Comunión, tienen el derecho y la obligación de participar en el culto con la comunidad todos los domingos.

Recibir la Santa Comunión es la unión más grande que uno puede tener con Dios. Ésta es precisamente la razón por la cual alguien que está en estado de pecado mortal no puede recibir la Comunión. Nadie puede recibir el cuerpo y la sangre del Señor sabiendo que está en estado de pecado, lo cual es siempre una forma de rechazo a Dios.

Les pido a nuestros sacerdotes que siempre comuniquen la auténtica enseñanza católica, tanto en el confesionario como en los lugares públicos. Enseñar la verdad y ayudar a las personas a formar sus conciencias de acuerdo a la verdad, es realmente una obra de misericordia. Tal como el Papa Francisco nos instruye en Amoris Laetitia: Los sacerdotes deben “acompañar [a los divorciados y los que se han vuelto a casar] en el camino de discernimiento de su situación de acuerdo a la enseñanza de la Iglesia y las orientaciones del obispo.” (#300)

(Traducido por Carmen y Rudy López de la Catedral Santa María.)


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