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EL BÁCULO DEL OBISPO: Encontrar la misericordia de Dios en el sacramento de la penitencia

By EXCMO. y RVDMO. MONS. JAMES GOLKA
09/03/2021 | Comments

 

 

 

 

Saludos, hermanos y hermanas en Cristo. En mi última carta propuse que nos tomáramos un tiempo para comprender mejor lo que ocurre en la Misa.

No nos limitamos a “ir” a la Misa, sino que participamos en un acto de comunión con el Señor. Este acontecimiento de comunión tiene el poder de cambiar nuestro propio ser. Hoy quisiera analizar cómo la experiencia regular del Sacramento de la Reconciliación y Penitencia (ir a la confesión) puede ayudarnos a estar mejor preparados para recibir a nuestro Señor y dejar que nuestro Señor nos reciba.

Cuando el ser humano se encuentra con Dios en su majestuosidad y gloria, toma conciencia de su condición pecadora. Cuando el profeta Isaías tuvo su visión de la majestuosa presencia de Dios en el Templo, su reacción inmediata fue: “¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor Todopoderoso” (Is 6, 5).

En el Evangelio de Lucas, cuando Simón Pedro fue testigo del poder de la pesca milagrosa, cayó de rodillas ante Jesús y le dijo, “Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador”. En cada caso, la misericordia de Dios salvó la brecha.

Esta conciencia de pecado es una de las razones por las que la Iglesia comienza la celebración de la Misa con un acto penitencial. Sabemos que somos pecadores, pero también sabemos que, con una simple palabra, Jesús puede sanarnos.

Lo que hacemos en ese acto penitencial al comienzo de la Misa es un reflejo de lo que es toda nuestra vida como cristianos. Somos un pueblo de conversión. Sabemos que somos finitos y limitados en nuestro ser, que sólo podemos ver hasta cierto punto. Sabemos que a menudo no estamos a la altura de nuestros ideales, a veces por pereza, a veces por malicia. Somos pecadores y necesitamos el perdón de Dios. Por eso Cristo nos dio el Sacramento de la Reconciliación y Penitencia.

Ese sacramento es una bendición en sí mismo, pero también es una preparación perfecta para la celebración de la Eucaristía. Lamentablemente, y por razones que no están claras, hoy no se utiliza tan comúnmente como hace cincuenta años.

Podría haber muchas explicaciones para esto. Algunos dicen que los católicos tienen un sentido disminuido del pecado y de su propia susceptibilidad a él. Otros dicen que muchos católicos tienen menos sentido de las consecuencias eternas del pecado. Otros dicen que al menos algunos católicos tienen demasiado orgullo espiritual como para examinar sus conciencias con humildad o con frecuencia. Dicho esto, en el poco tiempo que llevo aquí he conocido parroquias de nuestra diócesis en las que cada vez hay más personas que aprovechan el poder de una confesión regular. Espero que este movimiento siga creciendo.

Me gustaría compartir algunas de mis propias reflexiones sobre la importancia de este importante sacramento. Mientras que algunos podrían decir que confiesan sus pecados en privado a Dios, la sabiduría de nuestra tradición católica insiste en que nos tomamos las cosas más en serio cuando las exteriorizamos, cuando las decimos en voz alta.

A veces no nos damos cuenta de la magnitud del daño que ha hecho nuestro pecado hasta que lo decimos en voz alta. O a veces podemos ser más duros con nosotros mismos de lo necesario y necesitamos ser corregidos suavemente por un confesor compasivo.

Otra cosa en la que un confesor habitual puede ayudarnos es en la rendición de cuentas. Puede ayudarnos a recordar nuestra historia personal y ofrecernos una perspectiva sobre los asuntos que nos pueden molestar. A veces es necesario tomarse algo más en serio de lo que lo hacemos, o a veces es necesario aligerar nuestras autoacusaciones.

Lo más importante que debemos recordar sobre el Sacramento de la Reconciliación y Penitencia es que es un encuentro con Cristo y con su poder salvador. Ningún ser humano tendría la audacia de decir: “Yo te absuelvo de tus pecados”. Pero cuando los obispos y los sacerdotes dicen esas palabras, saben que no lo hacen por voluntad propia. Jesús está hablando esas palabras en ellos, con su voz. Jesús es el agente principal en el Sacramento.

Y no se limita a perdonar el pecado, por maravilloso que sea ese misterio. En realidad, nos da fuerza, gracia y poder moral para crecer en nuestra vida de virtud y santidad. En nuestros días, el movimiento de los 12 pasos ha dado un vivo testimonio de las cosas buenas que pueden ocurrirnos si entregamos nuestras debilidades a la misericordia de Dios. Nuestro creador y redentor siempre está ahí para nosotros, siempre dispuesto a perdonar, siempre dispuesto a ayudar.

La frecuencia con la que los católicos se confiesan varía. Estamos obligados a ir al menos una vez al año durante el Tiempo Pascual. Cuando me preguntan, sugiero que la confesión mensual es una buena práctica.

Es un sacramento de reconciliación, paz, unidad, armonía y justicia. Su sanación se extiende no sólo al penitente sino a toda la Iglesia, incluso a todo un mundo roto. Confiésate esta semana. Entonces ven a la Misa sabiendo que te has preparado para encontrar a nuestro Señor de increíble misericordia.  

(Traducido por Luis Baudry-Simón.)


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