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EL BÁCULO DEL OBISPO: El Pelícano en su Piedad y lo que nos enseña sobre la Eucaristía

By EXCMO. y RVDMO. MONS. JAMES GOLKA
02/18/2022 | Comments

 

Cuando un obispo es ordenado, la Iglesia le pide que diseñe un escudo de armas.  El escudo de armas utiliza símbolos para identificar al obispo.  Uno de los símbolos que he seleccionado puede parecer extraño a primera vista.  

En la parte superior derecha del escudo de armas hay una imagen de una madre pelícano con sus hijos reunidos a su alrededor en su nido.  Se trata de un antiguo símbolo cristiano llamado el Pelícano en su Piedad. 

 Los orígenes de esta imagen son un poco misteriosos, pero muchos creen que en la época de Jesús era una alegoría griega bastante común.  La historia dice que, en tiempos de sequía y hambruna, cuando no hay comida, una madre pelícano se inclina sobre sí misma, utiliza su pico y se abre el pecho.  Sus hijos se reunían alrededor y se alimentaban del cuerpo y la sangre de su madre para poder vivir.  La historia dice que, si una madre hace este sacrificio por amor, nunca morirá.  Esta extraña y maravillosa historia nos permite comprender el misterio que llamamos Eucaristía.

En el Monte de los Olivos, en el Cenáculo, donde la tradición dice que se celebró la Última Cena, hay una antigua columna en la que está esculpido el Pelícano en su Piedad.  Esto es digno de mención porque el resto de la sala fue reformada durante el siglo XII, durante el periodo de las Cruzadas.  Durante la remodelación, la Iglesia decidió conservar este pilar que data del siglo IV.  Es evidente que, tanto para los primeros cristianos como para sus parientes posteriores del siglo XII, el Pelícano en su Piedad se convirtió en un símbolo de la Eucaristía.  Este símbolo todavía nos habla hoy.  Se puede encontrar en muchas de nuestras iglesias, como en la Catedral de Santa María, en las vidrieras (mira por encima de los ministros de música) y en la iglesia de la Parroquia San Pablo, directamente debajo del tabernáculo. 

Creo que esta imagen sigue hablándonos hoy en día tanto de la Eucaristía como de una vida de corresponsabilidad.  Somos los hijos de Dios.  En todo lugar y tiempo, estamos hambrientos de la vida que Dios nos ofrece.  Nos damos cuenta de que las cosas de este mundo nunca nos darán la plenitud por completo.  A menudo intentamos llenar nuestra vida con las “cosas” de este mundo: la comida, el placer, el sexo, el alcohol, la riqueza, el prestigio y muchas otras cosas.  Lo hacemos con la falsa esperanza de que estas cosas alimentarán de algún modo nuestro espíritu.  Esperamos que nos llenen.  En cambio, acabamos vacíos. 

Los santos nos dicen que es un regalo darse cuenta de lo desesperadamente que necesitamos a Dios.  Es un regalo saber que sin Dios no somos nada.  Sólo cuando nos damos cuenta de que las “cosas” de este mundo nunca nos darán satisfacción, entonces sabemos que estamos hambrientos de la vida de Dios.  En el acto eucarístico es Cristo quien ofrece amorosamente su cuerpo y su sangre.  Lo inició en la Última Cena y luego cumplió esta ofrenda al día siguiente sacrificando su propia vida en la cruz.  Gracias a esta maravillosa oblación, nosotros, los hambrientos hijos de Dios, estamos invitados a avanzar durante la Misa y a alimentarnos del mismo cuerpo y vida de Cristo.

Aquí también encontramos una imagen de la administración.  Cristo dio su vida libremente porque sabía que su vida no era suya.  Su vida pertenece a su Padre.  Al ofrecer todo lo que tenía, el Padre pudo llenar a su Hijo con una vida renovada y resucitada.  Tú y yo estamos llamados a vivir el mismo misterio.  Nuestras vidas pertenecen a Dios.  Estamos llamados a gastarlas, a ofrecerlas y, a veces, a sacrificarlas por Dios y por el propósito de Dios.  Cristo nos muestra que éste es el camino hacia la verdadera realización y resurrección.  Que Dios bendiga nuestros esfuerzos.

(Traducido por Luis Baudry-Simón)


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