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EL BÁCULO DEL OBISPO: El diaconado permanente

By EXCMO. y RVDMO. MONS. JAMES GOLKA
03/18/2022 | Comments

Uno de los elementos más gratificantes de mi introducción a Colorado Springs fue conocer la gran comunidad de diáconos permanentes que hay aquí, así como su programa de formación.  Me gustaría compartir con ustedes algunas reflexiones al respecto. 

El diaconado es el nivel de entrada de las tres órdenes de la jerarquía de la Iglesia Católica: diácono, sacerdote y obispo. Algunos diáconos llegarán a ser sacerdotes; se les llama diáconos transitorios. Otros, sin embargo, son diáconos permanentes. Normalmente son hombres de edad madura, con familia. Se han distinguido en su vida laboral o profesional, y aportan grandes dones personales a la Iglesia. La mayoría de los habitantes de esta diócesis se han encontrado con ellos.

Como orden, el diaconado comenzó en los Hechos de los Apóstoles (6:1-7), cuando los Doce se dieron cuenta de que no debían descuidar la predicación en favor de servir las mesas. De ahí que los Siete fueran elegidos y ordenados. En los siglos posteriores, el cargo siguió siendo importante. El primer mártir cristiano, Esteban, era un diácono. San Francisco de Asís fue diácono.

Sin embargo, a medida que avanzaba la Edad Media, el orden fue perdiendo protagonismo hasta convertirse en un simple peldaño hacia el sacerdocio. En 1964, el Concilio Vaticano II cambió esto. Pidió la restauración del diaconado permanente y dejó la decisión concreta a los obispos locales. Desde entonces, tanto la Santa Sede como la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos han emitido documentos normativos.

El diaconado se basa en la palabra griega que significa servicio, diakonía. Un diácono es un servidor. Tiene un un ministerio práctico, un servicio en las mesas, un servicio entre bastidores.

También tiene un ministerio litúrgico. Puede proclamar el Evangelio y predicar; puede ayudar en el altar y distribuir la comunión; puede bautizar; puede ser testigo de matrimonios. En todo esto, el elemento que define su ministerio es el servicio.

Como todo ministerio en la Iglesia, el suyo es un ministerio de amor. Los diáconos cuidan de las personas en circunstancias difíciles, como lo haría Jesús. Los diáconos están llamados a cuidar de los pobres, de los confinados en casa, de los que tienen necesidades especiales, de las personas que a menudo son rechazadas. Los diáconos cuidan de ellos con valentía, en un espíritu de respeto a su dignidad humana. Se preocupan por ellos porque Cristo se preocupa por ellos y se identifica con ellos.

El ministerio diaconal es una llamada. Nadie asume este ministerio por sí mismo o por iniciativa propia. Está llamado a ello por Cristo y facultado por él también. La Biblia está llena de historias de tales llamadas y de una variedad de respuestas. En nuestros días, esa llamada podría discernirse con un interés interior, un estar encantado, una voluntad de aceptar retos y, sobre todo, libertad. Desde un punto de vista externo, puede implicar sugerencias de otros; la solicitud y la aceptación en el programa de formación; avance en el programa; y, por último, la llamada real al orden en la propia ceremonia de ordenación.

En todo esto, es el Espíritu Santo quien actúa, atrayendo suavemente al candidato a diácono hacia sí mismo y hacia el ministerio. Cristo también está activo. De hecho, la ordenación conlleva una configuración sacramental con Cristo Siervo. Confiere un carácter sacramental, una relación especial con Cristo. En consecuencia, el ministerio diaconal se convierte en una imitación de Cristo, ejercido con el apoyo de él y en su nombre.

El Concilio Vaticano II previó específicamente que el diaconado permanente pudiera ser ejercido por hombres casados de edad madura. Así, la esposa del diácono es un elemento importante de este ministerio. Como mínimo, es un apoyo para su marido diácono. En cierto modo, puede incluso ser una compañera en sus ministerios. Por esta razón, se anima encarecidamente a las esposas a participar, junto a sus maridos, en el programa de formación de diáconos.

El gran símbolo evangélico del diaconado es el incidente en el que Jesús se levanta de la Última Cena, se despoja de su manto, se ata una toalla a la cintura y lava los pies a sus discípulos (Jn 13:1-20). Aquí vemos concretamente lo que el himno de los filipenses celebraba, a saber, la kénosis o anonadamiento del Hijo de Dios, que se hizo esclavo e incluso aceptó la muerte de un esclavo (Flp 2,5-11). Jesús, que era digno de todo honor, se hizo nuestro servidor. Al seguirle, ¿podemos hacer lo mismo por los demás?

En Cristo,

Mons. Golka, obispo

(Traducido por Luis Baudry-Simón)


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