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LA VOZ DEL OBISPO: El significado y los propósitos del matrimonio

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
06/02/2017 | Comments

La primavera es un tiempo en que la vida sacramental de la Iglesia se vuelve particularmente visible.  En estos días celebramos las primeras comuniones, las confirmaciones, las ordenaciones y los matrimonios.  Es a este último sacramento que dedico mis pensamientos hoy.

El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) nos da esta hermosa definición del matrimonio.  Se basa en la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre el Sacramento del Matrimonio.  «La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados» (nº 1601).  Frase a frase, esta definición nos da un poco de «catecismo» sobre el matrimonio.

La alianza matrimonial.  El Código de Derecho Canónico de 1917 hablaba del «contrato matrimonial».  Aunque un contrato no es algo significativamente diferente de una alianza, el Concilio Vaticano II optó por llamar al matrimonio una alianza en lugar de un contrato debido a la naturaleza sagrada de una alianza.  Las Escrituras usan la palabra «alianza» para hablar de los acuerdos solemnes concertados entre Dios y sus creaturas.  Jesús estableció una «alianza nueva y eterna» a través de su muerte sacrificial y su resurrección.  Más que simplemente un acuerdo legal (contrato), el matrimonio es un acuerdo profundo y profundamente espiritual que se deriva de un juramento solemne (votos).  Por esta razón, el matrimonio establece un vínculo vitalicio que sólo termina con la muerte.

Una sociedad de toda la vida.  La alianza sagrada que es el matrimonio no es simplemente un acuerdo para intercambiar ciertos derechos y deberes.  En el matrimonio «los esposos se dan y se reciben mutuamente» (ver la Constitución sobre la Iglesia en el mundo moderno del Vaticano II, nº 48).  Esta entrega mutua de dos personas refleja el don de Cristo de sí mismo a nosotros en amor hasta el derramamiento de su sangre. La asociación matrimonial es una de las donaciones totales.  Esto nos ayuda a entender por qué la anticoncepción es pecaminosa.  Cuando una pareja casada utiliza la anticoncepción, se están diciendo: «me doy a ti completamente, excepto mi fertilidad».  La anticoncepción contradice la naturaleza misma del matrimonio.

El bien de los cónyuges.   Hay dos fines o propósitos para el matrimonio.  El primero es el bien de los cónyuges.  Aquí estamos hablando del amor conyugal.  Hay pocas palabras que sean tan mal utilizadas y mal entendidas en nuestra cultura contemporánea que el «amor».  Los medios de comunicación populares nos hacen creer que el amor es poco más que una emoción, y una emoción fugaz, o simplemente una atracción física.  De hecho, el verdadero amor conyugal es mucho más. 

Nuevamente, del Catecismo de la Iglesia Católica:  «El amor conyugal exige de los esposos, por su misma naturaleza, una fidelidad inviolable.  Esto es consecuencia del don de sí mismos que se hacen mutuamente los esposos.  El auténtico amor tiende por sí mismo a ser algo definitivo, no algo pasajero.   “Esta íntima unión, en cuanto donación mutua de dos personas, así como el bien de los hijos exigen la fidelidad de los cónyuges y urgen su indisoluble unidad”» (CIC 1646).

Pero hay más.  El matrimonio no fue creado por Dios sólo para el bien de los cónyuges.  Hay un segundo propósito del matrimonio, igualmente importante.

La procreación y educación de los hijos.  Por su misma naturaleza el matrimonio se ordena a la procreación de los hijos.  Aunque no todos los actos de relaciones sexuales matrimoniales resultarán en la concepción de un hijo, todo acto sexual debe estar abierto al don del hijo.  Aquí, una vez más, vemos por qué cada acto anticonceptivo es un pecado grave.  La anticoncepción trunca literalmente el sentido del matrimonio.  Elimina uno de los propósitos intrínsecos del matrimonio.  «La fecundidad es un don, un fin del matrimonio, pues el amor conyugal tiende naturalmente a ser fecundo.  El niño no viene de fuera a añadirse al amor mutuo de los esposos; brota del corazón mismo de ese don recíproco, del que es fruto y cumplimiento.  Por eso la Iglesia, que “está en favor de la vida”, enseña que todo “acto matrimonial en sí mismo debe quedar abierto a la transmisión de la vida”. (CIC 2366)

Elevado a la dignidad de sacramento. El matrimonio como institución natural proviene de la creación como está escrito en el libro de Génesis.  El matrimonio de dos cristianos bautizados, sin embargo, es diferente del matrimonio como una unión puramente natural.  «La gracia del sacramento perfecciona el amor del esposo y la esposa, los une en fidelidad y les ayuda a acoger y cuidar a los niños.  Cristo es la fuente de esta gracia y vive con los cónyuges para fortalecer las promesas de su alianza, soportar mutuamente las cargas con perdón y amabilidad, y experimentar con antelación el «banquete de bodas del cordero”» (Catecismo Católico de los Estados Unidos para los Adultos, 285).

Aunque no está en la definición del matrimonio, hay otro punto de la disciplina de la Iglesia que debe resaltarse.  Los católicos están gravemente obligados a que sus matrimonios sean presenciados por un sacerdote o un diácono.  La dispensa de esta ley es posible; Pero si un católico intenta matrimonio delante una persona que no sea el sacerdote o el diácono sin previa dispensa, ese matrimonio es inválido y el/los contrayente(s) católico(s) no puede(n) recibir los sacramentos de la Iglesia hasta que la unión sea regularizada.

El Apóstol Pablo nos enseña que el matrimonio es un «símbolo . . . magnífico, y yo lo aplico a Cristo y la Iglesia.  Del mismo modo ustedes: ame cada uno a su mujer como a sí mismo y la mujer respete a su marido» (Ef. 5,32).  ¡Que esto sea verdad para todo matrimonio cristiano!

(Traducido por Luis Baudry-Simon)


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