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LA VOZ DEL OBISPO: La historia y el significado del Día del Trabajo

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
09/01/2017 | Comments

El Labor Day (Día del Trabajo) ha llegado a ser caracterizado principalmente como la fiesta que marca el final del verano.  El Día del Trabajo, sin embargo, se observó por primera vez en Nueva York en 1882 como un homenaje a los logros sociales y económicos de los trabajadores estadounidenses, así como a las vacaciones de los trabajadores, una oportunidad para los trabajadores de descansar del trabajo y disfrutar de la compañía de sus familias y amigos.  

De particular importancia es el hecho de que en 1909 la Federación Americana del Trabajo propuso una resolución que el domingo anterior al Día del Trabajo debería dedicarse a los aspectos espirituales y educativos del movimiento obrero.  ¿Cuándo es la última vez que hemos escuchado alguna discusión sobre el aspecto espiritual del trabajo en la arena pública?

Mientras nos preparamos para celebrar el Día del Trabajo, debemos hacer una pausa para recordar que en nuestra tradición judeocristiana hemos sido bendecidos con una profunda enseñanza sobre la naturaleza del trabajo y la importancia del descanso del trabajo.  Esa tradición encuentra sus orígenes en el primer capítulo del libro de Génesis y su relato del «trabajo» de Dios de la creación y su descanso posterior de esa obra en el día llamado «sabbat».

En su hermosa carta apostólica Dies Domini (El Día del Señor) [DD] de 1998, San Juan Pablo II habló del tema de observar el Día del Señor, el Sábado cristiano, observándolo como un día de descanso y culto.  Lo que sigue es una breve reflexión sobre esa carta hermosa y tan importante .

El hombre, la cumbre de los seis días del trabajo creativo de Dios, debía seguir el ejemplo de su Creador dominando el mundo y todo lo que contiene y gobernando al mundo en justicia y santidad.  En palabras de Juan Pablo II: «El “trabajo” de Dios es de alguna manera ejemplar para el hombre. En efecto, el hombre no sólo está llamado a habitar, sino también a “construir” el mundo, haciéndose así “colaborador” de Dios» (DD 10).

Pero así como el «trabajo» de Dios debía ser un ejemplo para el hombre, lo mismo sucede con el «descanso» de Dios en el séptimo día, el Sábado.  San Juan Pablo señala que el «descanso» de Dios no era una especie de «inactividad» divina.  Más bien este descanso pone énfasis en la plenitud de lo que ha sido logrado por la acción creadora de Dios.  Dios «miró» su creación y la encontró muy buena.  Los seres humanos están ahora llamados a contemplar todo lo que Dios ha hecho por ellos y a través de ellos, observando un reposo sabático.

El Sábado prefiguró el domingo de la Nueva Alianza en Cristo.  Fue el domingo, el día de la resurrección del Señor, en que la «nueva creación» fue llevada a la plenitud en la muerte y resurrección de Jesús.  El domingo, entonces, el Día del Señor, es parte del plan de Dios.   Juan Pablo escribe: 

«El precepto del sábado, que en la primera Alianza prepara el domingo de la nueva y eterna Alianza, se basa pues en la profundidad del designio de Dios.  Precisamente por esto el sábado no se coloca junto a los ordenamientos meramente cultuales, como sucede con tantos otros preceptos, sino dentro del Decálogo, las « diez palabras » que delimitan los fundamentos de la vida moral inscrita en el corazón de cada hombre. Al analizar este mandamiento en la perspectiva de las estructuras fundamentales de la ética, Israel y luego la Iglesia no lo consideran una mera disposición de disciplina religiosa comunitaria, sino una expresión específica e irrenunciable de su relación con Dios, anunciada y propuesta por la revelación bíblica»  (DD 13).

El Santo Padre nos recuerda la fe y la enseñanza de la Iglesia desde el principio, a saber, que la obligación de santificar el Día del Señor no es una mera costumbre religiosa, algo que puede ser observado o eliminado por la comunidad o cualquiera de sus miembros a medida que cambian los tiempos.  Esta prescripción es el tercer mandamiento del Decálogo, dado por Dios a Moisés.  El precepto del Sábado, cumplido en la observancia del Día del Señor, es la esencia de nuestra vida cristiana.  Por el contrario, ignorar el precepto del sábado es cometer un pecado mortal.

Si queremos apreciar plenamente lo que significa «santificar el día de descanso», debemos recordar cómo el Libro del Éxodo formula el precepto del sábado:  «Fíjate en el sábado para santificarlo» (Éx. 20,8).  El Papa Juan Pablo llama la atención sobre el hecho de que «antes de imponer algo que hacer el mandamiento señala algo que recordar» (DD 16). 

El nuevo Sábado, el Día del Señor, el domingo, fusiona la creación y la salvación en una sola visión teológica.  El domingo es el día, por excelencia , para recordar las poderosas obras de Dios en la creación y, lo que es más importante, en la redención.  Es precisamente en este recuerdo que llegamos a entender las enseñanzas de la Iglesia acerca del domingo, el día de la resurrección del Señor de entre los muertos, como un día de culto y descanso de toda obra innecesaria.

Citando una vez más al Papa Juan Pablo II:  «En él [Jesús] se realiza plenamente el sentido “espiritual” del sábado, como subraya san Gregorio Magno: “Nosotros consideramos como verdadero sábado la persona de nuestro Redentor, Nuestro Señor Jesucristo”.  Por esto, el gozo con el que Dios contempla la creación, hecha de la nada en el primer sábado de la humanidad, está ya expresado por el gozo con el que Cristo, el domingo de Pascua, se apareció a los suyos llevándoles el don de la paz y del Espíritu . . . Del “sábado” se pasa al “primer día después del sábado”; del séptimo día al primer día: ¡el dies Domini se convierte en el dies Christi!» (DD 18).

(La parte 2 de esta reflexión sobre el significado del Día del Señor aparecerá en el próximo número del Colorado Catholic Herald).

(Traducido por Luis Baudry-Simon.)


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