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LA VOZ DEL OBISPO: Las fiestas marianas de Adviento

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
12/01/2017 | Comments

El tiempo sagrado de Adviento destaca a la Santísima Virgen María como el ejemplo de las esperanzas del pueblo del Antiguo Testamento. Ella encarna a las personas que esperan la venida del Señor, ahora y al final de los tiempos. Por eso María también es ejemplo y Madre de la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios. Al renovar nuestra esperanza de la venida del Señor durante este tiempo de Adviento, miramos a Nuestra Madre Bendita como nuestra Madre, quien nos da a Jesús para nuestra salvación.

La Inmaculada Concepción

La primera de las grandes fiestas marianas de Adviento es la de su Inmaculada Concepción, que se celebra el 8 de diciembre. Esta es la fiesta principal de María en la liturgia de la Iglesia, por lo que siempre es un día de precepto. Es muy apropiado celebrar durante el Adviento la Inmaculada Concepción de María en el vientre de su madre, Santa Ana. Estos son los últimos días del embarazo de María. Como madre de Dios, es justo que ella sea libre de todo pecado: el pecado original y el pecado personal, desde el momento de su concepción. Hoy nos regocijamos por el gran privilegio que recibió nuestra Madre, para que ella pudiera ser templo digno para recibir al Hijo de Dios hecho hombre en su seno. Bajo su título de Inmaculada Concepción, invocamos a Nuestra Santísima Madre como patrona de los Estados Unidos.

Nuestra Señora de Guadalupe

Aunque no es una fiesta de precepto, la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe tiene un significado especial para nosotros, los estadounidenses. Es bajo este título que proclamamos a María como Madre de América y Estrella de la Nueva Evangelización.  Nuestra Señora de Guadalupe también es la patrona de nuestra Diócesis de Colorado Springs.

La Madre de Dios se apareció en nuestro continente cuatro veces, del 9 de diciembre al 12 de diciembre de 1531. Este año marca el 475º aniversario de las apariciones de la Virgen de Guadalupe a San Juan Diego en el cerro Tepeyac, cerca de la Ciudad de Mexico. 

Juan Diego era un hombre simple, un converso de la religión pagana azteca. Los misioneros franciscanos españoles, que se destacaron en su cuidado pastoral de los exploradores españoles y de los nativos americanos, enseñaron a Juan Diego y su esposa la doctrina de la fe católica, y ambos, junto con el tío de Juan Diego, Bernardino, recibieron el don de la fe y fueron bautizados La esposa de Juan Diego murió dos años antes de las apariciones de Nuestra Señora.

El 9 de diciembre de 1531, cuando Juan Diego se dirigía a la Misa, oyó una voz que lo llamaba desde el cerro Tepeyac. Cuando llegó a la cima de la colina, vio a una hermosa dama radiante como el sol. La mujer le habló con estas palabras:

“Sabe y ten por seguro mi hijo mío el más pequeño, que yo soy la siempre Vírgen Santa María, Madre del verdadero Dios, Aquel por Quien Vivímos, de El Creador de personas, de El Dueño de lo que está Cerca y Junto, del Cielo y de la Tierra. Quiero mucho y deseo vivamente que en este lugar me levanten mi templo. En donde Lo mostraré, Lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto:  Lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en la salvación. Porque yo soy vuestra Madre misericordiosa, de ti, y de todos los hombres que viven unidos en esta tierra, y de todas las personas que me amen, los que me hablen, los que me busquen y los que en mí tienen confianza.

La Virgen envió a San Juan Diego al Obispo de la Ciudad de México. Allí, el humilde campesino presentó el pedido de Nuestra Señora, que se construyera una capilla a la que atraería a muchos hacia el misericordioso amor de Dios hacia ellos. Es comprensible que el obispo no haya tomado en serio la solicitud. No fue sino hasta tres días y tres apariciones después que Nuestra Señora de Guadalupe le dio a Juan Diego el signo que convencería al obispo de que la Madre de Dios se había mostrado a sí misma ante esta pobre persona, un convertido a la fe.

Nuestra Señora le dijo a Juan Diego que fuera a la cima del cerro Tepeyac, que estaba cubierta de escarcha en pleno invierno. Allí encontró hermosas flores, que la Virgen dispuso en la capa de Juan Diego, o tilma. Fue a la casa del obispo, le abrió la capa, y allí cayeron al suelo las flores más bellas y fragantes.

Pero se le dio un signo aún más poderoso al obispo. La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe apareció en la tilma de Juan Diego. La tilma con la imagen de Nuestra Señora se conserva en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en la Ciudad de México y es venerada por cientos de miles de fieles cada año. Dentro de los diez años de sus apariciones a Juan Diego, Nuestra Señora de Guadalupe atrajo unos nueve millones de nativos americanos a la fe católica.

Nuestra Señora de Guadalupe, Rosa del Cielo, ¡intercede por la Iglesia de Dios!  Protege al Soberano Pontífice y ten piedad de todos los que te invocan en el dolor y la necesidad.  Madre de Dios y siempre Virgen María, obtiene de tu Hijo la gracia de mantener la fe y la esperanza en medio de la amargura y el dolor de la vida. Haz que el amor arda con fuerza en nuestros corazones todos los días hasta que nos lleves a salvo a la visión de tu Santísimo Hijo, nuestro Dios y Salvador. Amén.


(Traducido por Luis Baudry-Simon)


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