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LA VOZ DEL OBISPO: Las políticas de inmigración deben basarse en la caridad

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
12/15/2017 | Comments

Cuando usted escuche una vez más el relato de San Lucas sobre el nacimiento de Jesús en la misa de Navidad, preste atención a la situación del posadero.

José estaba obligado por decreto del emperador a viajar desde Nazaret, en el norte de Palestina, a Belén, en el sur, para registrarse allí para el censo. Sería un viaje difícil bajo cualquier circunstancia, pero con María, su esposa a punto de dar a luz, era particularmente arduo.

Con tantos viajeros en el camino en ese momento, los posaderos podían darse el lujo de ser quisquillosos acerca de a quién permitían quedarse con ellos. Es probable que la ley de la oferta y la demanda regía y que las pocas habitaciones disponibles se destinaron a quienes podían pagar más. Cuando María y José llamaron a la puerta, inmediatamente quedó claro para el posadero que estos no mostrarían ser sus mejores clientes.

Quizás no deberíamos apresurarnos a condenar a ese posadero. Después de todo, no fue nada personal. Él no tenía nada en contra de María y José. Solo se trataba de negocios.

Pero también podríamos preguntarnos si el posadero supo alguna vez quién llamaba a su puerta esa primera noche de Navidad. ¿Alguna vez llegó a conocer a Jesús, a punto de nacer en su establo?

No fue solo ese posadero el que rechazó a Jesús. San Juan comienza su evangelio (leído en la tercera misa de Navidad) proclamando que “el mundo no reconoció [a Jesús]. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (Jn. 1, 10-11). Jesús, a través del cual el mundo fue creado, no pudo encontrar un hogar en su propio mundo. A lo largo de los años de su ministerio público, Jesús sería tratado, al menos por los dirigentes religiosos, como un extraño, como alguien en quien no se podía confiar.

Es comprensible que no tengamos en alta estima al posadero y a todos aquellos que posteriormente se relacionarían con Jesús como alguien que simplemente no pertenecía a su grupo. Pero es en este punto que debemos recordar por qué esta historia del evangelio ha sido escrita y transmitida a través de cada generación de creyentes. Los evangelios no son simplemente relatos históricos de los eventos de hace mucho tiempo. Los evangelios, de hecho, todas las Sagradas Escrituras, están escritos para que podamos encontrarnos con el Cristo viviente hoy, ya que él viene a través de nosotros de muchas maneras, entre ellas la que se presenta bajo la apariencia de un extraño.

¿Es realmente tan misterioso por qué la Iglesia Católica nos llama a extendernos en amor y amistad hacia los “extranjeros” en nuestro medio? Estos extranjeros son muchos, pero hoy el extranjero nos viene más notablemente como el inmigrante. Y ese inmigrante, ese “extraño”, es Jesús. ¿Será rechazado nuevamente, esta vez por nosotros?

¿No debería estar claro por qué la Iglesia Católica exige la reforma de nuestras leyes de inmigración para que nuestros hermanos y hermanas puedan encontrar un lugar donde vivir con seguridad, con la oportunidad de cuidar a sus familias? Como católicos, no estamos a favor de la inmigración ilegal, del mismo modo que nuestro ministerio con los encarcelados no es una adhesión al crimen. Solo buscamos maneras de que los inmigrantes puedan ser acogidos legalmente. ¿Acaso no es así cómo hemos sido como estadounidenses desde la fundación de nuestro país?

Hay voces más que suficientes en nuestra sociedad, algunas de ellas católicas, que son fuertes y estridentes en su insistencia en que nuestras relaciones con el inmigrante deben guiarse solo por la ley civil. Mientras la ley esté satisfecha, muchos dicen, nuestras responsabilidades hacia el inmigrante ilegal se cumplen. No es así. Y no es así para Jesús, tampoco. La plenitud de la ley es el amor. Esto es lo que Jesús enseñó. “Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía ‘enemigos’. El Señor nos pide que amemos como Él hasta a nuestros enemigos, que nos hagamos prójimos del más lejano, que amemos a los niños y a los pobres como a Él mismo” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1825).

En esta Navidad está en peligro el destino de aquellos jóvenes que fueron traídos aquí ilegalmente por sus padres hace años, y que ahora enfrentan una posible deportación. Estos hombres y mujeres jóvenes no han conocido otro hogar que los Estados Unidos. Son conocidos como los “Dreamers”. Los gobiernos están llamados a respetar la dignidad humana de cualquiera que caiga bajo su jurisdicción, incluso si llegaron a nuestro país de manera ilegal. Como dijo el profesor de Princeton Robert George, un devoto católico: “No puede ser respetuoso deportar a alguien a una cultura con la que no tiene conexión y arrancarlo de su red de amistades y relaciones”.

En medio de un debate por lo demás volátil y airado sobre qué leyes de inmigración servirán mejor a nuestro país, es nuestro papel como católicos, como hombres y mujeres de fe, el ser las voces de la compasión y la razón. Cualesquiera que sean las soluciones a este problema, esas soluciones deben ser informadas por una caridad genuina. El bienestar de miles de nuestros hermanos y hermanas, hijos de Dios, depende de que nuestro Congreso actúe a favor de los “Dreamers”.

Le pido a Dios Todopoderoso que los bendiga a todos de una manera muy especial en este tiempo sagrado. Le recordaré en mis misas navideñas, y le pido que rece por mí. Y recordemos a nuestro Salvador, él mismo un migrante, que no fue bienvenido y que no tuvo un lugar donde quedarse. No lo rechacemos de nuevo.

(Traducido por Luis Baudry-Simon)


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