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LA VOZ DEL OBISPO: Celebrando el Domingo de la Divina Misericordia

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
04/06/2018 | Comments

En el segundo domingo de Pascua en el año 2000, año jubilar, San Juan Pablo II anunció que, desde ese día en adelante la octava de Pascua, que es este domingo 8 de abril, se conocería como el “Domingo de la Divina Misericordia.”

El significado de la Divina Misericordia se encuentra en el significado mismo del Misterio Pascual, que celebramos de manera muy especial en la Pascua.  En el decreto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos que estableció oficialmente la Fiesta de la Divina Misericordia, leemos:

“El Señor es bondadoso y compasivo (Sal. 111,4) quien, por el gran amor con que nos amó (Ef. 2,4) y por su indecible bondad, nos dio a su Hijo unigénito como nuestro Redentor, para que a través de la muerte y resurrección de este Hijo él pueda abrir el camino a la vida eterna para la raza humana, y que los hijos adoptivos que recibieron su misericordia dentro de su templo puedan elevar su alabanza hasta los confines de la tierra.

En nuestros tiempos, los fieles cristianos en muchas partes del mundo desean alabar la misericordia divina en el culto divino, particularmente en la celebración del Misterio pascual, en el que la bondad amorosa de Dios resplandece especialmente.”

El decreto deja en claro que el misterio pascual, el misterio de la muerte y la resurrección de Cristo, que es el centro de la Pascua, es, de hecho, el misterio de la misericordia de Dios que se manifiesta en nuestra historia humana.  La muerte y la resurrección de Cristo lograron el perdón de nuestros pecados y la resurrección de todos los que son bautizados en la nueva vida del Señor glorificado.  La Pascua es la fiesta de la misericordia de Dios.

La coherencia de celebrar la Divina Misericordia en el segundo domingo de Pascua es evidente también en la liturgia eucarística de ese día.  Cada año, en la octava de Pascua, la Iglesia proclama el relato de San Juan de la aparición de Pascua de Jesús resucitado a sus apóstoles.

El evangelio nos dice que los apóstoles estaban asustados ese día de Pascua. Podríamos concluir fácilmente que también estaban tristes y avergonzados porque habían abandonado a su Maestro en su hora de mayor sufrimiento.  Cuando Jesús se apareció a sus discípulos, que estaban acobardados detrás de las puertas cerradas con llave, la visión de las heridas de la pasión del Señor seguramente debe haber despertado sentimientos de culpa y vergüenza.  Pero Jesús no apareció para avergonzar a sus discípulos aún más.  Había venido a anunciar la paz y el perdón.  Fue en ese día de Pascua que Jesús sopló sobre sus apóstoles para que recibieran el Espíritu Santo y, al mismo tiempo, les dio a los apóstoles el poder de perdonar los pecados.  En ese momento, Jesús instituyó el Sacramento de la Penitencia para el derramamiento de la Divina Misericordia hasta el final de los tiempos.

¿No es la misericordia y el perdón de Dios lo más evidente en la celebración del misterio pascual en la Pascua? ¿No es especialmente apropiado que confesemos nuestros pecados el mismo día en que Jesús dio a su Iglesia el sacramento del perdón y la reconciliación? 

Por estas razones y junto con nuestro Santo Padre, invito a todos los católicos a alabar la Divina Misericordia y experimentar esa misericordia en el Sacramento de la Penitencia en la Divina Misericordia el domingo 8 de abril.  En ese día presidiré las devociones de la Divina Misericordia en la Catedral de Santa María.  Las confesiones comenzarán a la 1:30 p.m. Varios sacerdotes estarán disponibles para escuchar confesiones. Habrá exposición, adoración y bendición del Santísimo Sacramento. Rezaremos el Rosario de la Divina Misericordia y concluiremos con la Santa Misa a las 3 p.m.

En su primera charla sobre el Ángelus, el Papa Francisco habló de la misericordia de Dios:  “Escuchar la palabra de misericordia cambia todo.  Es lo mejor que podemos escuchar: ella cambia el mundo. Un poco de misericordia hace que el mundo sea menos frío y más justo... No olvidemos esta palabra: ¡Dios nunca se cansa de perdonarnos, nunca! ‘Entonces, padre, ¿cuál es el problema?’ Bueno, el problema es que nos cansamos, no queremos, nos cansamos de pedir perdón.  Que nunca nos cansemos. Él es el padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón de misericordia para todos nosotros”.

¡Que nuestro Señor Resucitado lo bendiga y bendiga a todos los que usted ama con su gracia pascual!  Que Dios, que es rico en misericordia, perdone sus pecados y lo mantenga siempre en su amor.

(Traducido por Luis Baudry-Simon)


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