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LA VOZ DEL OBISPO: El papel único de la parroquia católica

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
04/20/2018 | Comments

La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su párroco propio” (canon 515, Código de derecho canónico).

La definición canónica de parroquia introduce una breve visión eclesiológica.  Enseña que la Iglesia Universal consiste en la unión de muchas “iglesias particulares”. Una iglesia particular es lo que conocemos como una “diócesis”.  El pastor de la iglesia diocesana es el obispo.  La diócesis, a su vez, está dividida en varias unidades más manejables que llamamos “parroquias”. Cada parroquia tiene su propio líder nombrado canónicamente: el párroco.

El Catecismo de la Iglesia Católica describe una parroquia como “el lugar donde todos los fieles pueden reunirse para la celebración dominical de la Eucaristía.  La parroquia inicia al pueblo cristiano en la expresión ordinaria de la vida litúrgica, le congrega en esta celebración; le enseña la doctrina salvífica de Cristo. Practica la caridad del Señor en obras buenas y fraternas” (n. º 2179).

Un profesor de derecho canónico nos dijo una vez cuando éramos seminaristas que la idea católica de “parroquia” era única entre todas las denominaciones cristianas. ¿Por qué? Porque sólo una parroquia católica tiene límites geográficos. Los católicos que viven dentro de esos límites, que son vecinos unos de otros, que comparten el mismo estilo de vida y tienen preocupaciones y necesidades similares, pero que también pueden ser muy diversos, se reúnen adecuadamente para rendir culto juntos en la iglesia parroquial. Era prácticamente desconocido en mi juventud que un católico se aventurara fuera de los límites de su parroquia para ir a misa regularmente a otra parroquia.

Recuerdo bien el sentido de pertenencia que experimentábamos como feligreses de la Parroquia Corpus Christi en Jennings, Missouri.  Eso no significaba que nunca hubo ningún problema, o que siempre admirábamos el estilo de liderazgo de cada párroco que servía en la parroquia. Sin embargo, significaba que, sin importar las luchas que tuvimos con el clero o los líderes religiosos en la parroquia, o las dificultades que pudieran surgir en nuestras relaciones con los feligreses, no nos escapábamos.  Pertenecer a una parroquia significaba construir una comunidad real, incluso cuando los tiempos eran difíciles.

Había algo bastante brillante en la estructura de la parroquia de aquellos días.  La estabilidad que brindaba servía a la gente.  El Código de Derecho Canónico todavía provee parroquias geográficamente circunscritas; pero hace tiempo que desapareció la misma sensación de lealtad que nos mantenía unidos como feligreses.

 A veces veo en las portadas de los boletines parroquiales que la parroquia se identifica como, por ejemplo, “Familia de la Parroquia San Atanasio”.  “Familia” evoca una serie de sentimientos sanos y cálidos. Los miembros de la familia se aman.  Se soportan el uno al otro.  Se apoyan el uno al otro.  Se perdonan el uno al otro.  Se regocijan el uno con el otro.  Trabajan para construir unidad y armonía familiar.  Los miembros de la familia oramos, no nos abandonamos para encontrar a otra familia cuando se enfrentan a tiempos difíciles.

Ese mismo profesor de derecho canónico nos recordaba que los límites de la parroquia nos impedían ir a misa a aquellos lugares en los que nos sentíamos cómodos, en los que había pocos o ningún problema, a diferencia de nuestros hermanos y hermanas protestantes.  Ellos podían asistir a los servicios dominicales donde querían.  Podían seguir a su pastor favorito dondequiera que fuera.  Los católicos tenían que quedarse y trabajar con el párroco que tenían para ayudar a la parroquia a crecer en fortaleza y santidad.

La comprensión de la “comunidad parroquial” que prevaleció en mi juventud ha cambiado para muchos católicos, y, al hacerlo, ha disminuido la riqueza de la vida parroquial que una vez conocimos. Ninguna parroquia es la plenitud de la Iglesia Católica, pero en cada parroquia siempre deberíamos poder encontrar la presencia de Cristo a través de cuyo poder e influencia se constituye la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica. El Decreto del Concilio Vaticano Segundo sobre el Apostolado de los Laicos nos recuerda muy bien lo que es o debería ser una parroquia:

La parroquia presenta el modelo clarísimo del apostolado comunitario, reduciendo a la unidad todas las diversidades humanas que en ella se encuentran e insertándolas en la Iglesia universal.  Acostúmbrense los laicos a trabajar en la parroquia íntimamente unidos a sus sacerdotes; a presentar a la comunidad de la Iglesia los problemas propios y los del mundo, los asuntos que se refieren a la salvación de los hombres, para examinarlos y solucionarlos por medio de una discusión racional (n. º 10).

(Traducido por Luis Baudry-Simon)


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