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LA VOZ DEL OBISPO: Carta Abierta a Nuestros Graduados Católicos

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
05/18/2018 | Comments

Estimados graduados de las escuelas primarias y secundarias y colegios de la Diócesis de Colorado Springs, ¡Qué maravilloso momento es éste en sus vidas jóvenes!  Ya sea que vayan a la escuela secundaria, la universidad o a la búsqueda de sus carreras y vocaciones, es emocionante y, si recuerdo bien mi propia experiencia, da un poco de miedo. 

Sin duda, ustedes han estado recibiendo muchos consejos de sus padres, maestros y muchos de aquellos que han hecho estas transiciones de la vida antes que ustedes.  Me gustaría unir mi voz a las de los demás.  Lo hago desde mi propia perspectiva, como padre espiritual y hermano en Cristo Jesús.  Le pido que consideren seriamente mis palabras de consejo.

Cada uno de ustedes está a punto de entrar en un estilo de vida muy nuevo.  Este tipo de cambios puede fácilmente ser la ocasión de olvidar o dejar atrás gran parte de lo que se les dio en el pasado.  En particular, este es el momento en que, por desgracia, muchos jóvenes católicos se vuelven flojos en la práctica de su fe, o abandonan por completo la práctica de su fe.  Aquí indico algunas cosas que me gustaría que tengan en cuenta al comenzar este nuevo capítulo en sus vidas.

Nunca olviden que han sido creado por Dios, que los ama infinitamente más de lo que pueden imaginar.  Pero hay mucho más.  Dios no sólo les dio su vida terrenal, los ama tanto que les dio a su propio Hijo para morir por su salvación.  A través del Bautismo y la Confirmación, y sostenidos por la Sagrada Eucaristía, ustedes pertenecen para siempre a Cristo y a su Cuerpo la Iglesia.  No hay mayor regalo que cualquiera de nosotros pueda recibir, porque este es el regalo de la vida eterna y la felicidad. 

En el curso de sus vidas habrá muchas alegrías y muchas decepciones; Muchos logros y muchos fracasos.  No importa cuántos de éstos puedas experimentar, recuerden que todo lo que puedan adquirir en este mundo no es nada comparado con la gloria que los espera en el cielo.  Recuerden también que, si pierden literalmente todo en este mundo, será como nada comparado con la pérdida de su alma inmortal.  Recordemos las palabras del Señor a sus discípulos (y a nosotros):  “¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida?, ¿qué precio pagará el hombre por su vida?”. (Marcos 8:36-37).  Esta es la perspectiva del cristiano auténtico.

Las alegrías y los placeres de este mundo pueden distraerlos fácilmente de lo que es real y finalmente importante.  Son hijos e hijas de Dios.  Todo este mundo está pasando.  Fijen su vista en las cosas del cielo.  Hacerlo de ninguna manera disminuirá su felicidad y libertad en este mundo.  Es todo lo contrario.  De hecho, serán libres para ser la persona que Dios les creó para ser: santos y santas.  Y eso no es un mal negocio.

Si quieren mantener el equilibrio correcto en sus vidas, fundadas en Cristo y en su Evangelio, hay algunas cosas que deben ser parte regular de sus vidas. La oración diaria es esencial.  Cada vez que rezamos, nuestra perspectiva se reajusta. Se nos recuerda que Dios es Dios, no nosotros.  La oración mantiene viva nuestra relación con Dios, así como la comunicación con nuestros amigos mantiene esas amistades.

De todas las oraciones que podemos ofrecer a Dios, no hay ninguna más bella, más exaltada o más esencial que la que llamamos el Santo Sacrificio de la Misa. Sin la Eucaristía moriremos.  Una vez más, recordemos las palabras de Jesús:  “Les aseguro que, si no comen la carne y beben la sangre del Hijo del Hombre, no tendrán vida en ustedes.  Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día” (Juan 6, 53-54). 

En los últimos años se ha convertido en práctica de no pocos católicos el ir a la Misa dominical sólo ocasionalmente.  Estos católicos parecen ignorar la enseñanza clara y consistente de la Iglesia de que cometemos un pecado mortal todas y cada una de las veces que no asistimos a Misa en un domingo o día festivo de obligación sin una razón seria.  La Iglesia nos obliga a Misa cada domingo no para no imponernos una carga arbitraria, sino para recordarnos que esta adoración de Dios es absolutamente indispensable si queremos crecer en santidad.  Les prometo que, si permaneces fieles a la misa dominical, permanecerán cerca de Cristo, Vida de ustedes.

Cada uno de ustedes es muy consciente de que son pecadores. Todos somos pecadores.  Fue para salvarnos del pecado que Dios se hizo hombre y murió por nosotros.  No importa cuán terribles sean nuestros pecados o cuántas veces pequemos, cuando nos apartamos del pecado y buscamos el perdón de Dios, Él está dispuesto a perdonarnos.  Encontramos al Señor y su misericordia y perdón en el Sacramento de la Penitencia (o Reconciliación).  Así como es imposible que vivamos vidas saludables y felices si sufrimos de enfermedades u otros problemas médicos, así es imposible crecer en santidad y felicidad si estamos bajo el peso del pecado.  Por supuesto, mi primer consejo es evitar todo pecado.  Pero si pecan, vayan a la confesión y libérense de la enfermedad espiritual que podría matarlos.  San Juan nos ofrece un serio consejo:  “Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros.  Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y limpiarnos de todo delito” (1 Juan 1, 8-9).

Estimados graduados: disfruten los años que Dios les da en esta vida.  Usen las cosas del mundo sabiamente.  Vivan para Dios y para el bien de su prójimo.  Nunca usen a otra persona para su propia gratificación, sino recuerden que cada persona tiene una dignidad y una santidad que nunca debe ser pisoteada.  Oren para conocer su vocación, pues una vocación es un llamado de Dios, un llamado que no debe ser ignorado.  Oren por mí, así como oraré por ustedes todos los días.

Sinceramente suyo en Cristo,

Su Excia. Rvma. Mons. Michael J. Sheridan

Obispo de Colorado Springs

(Traducido por Luis Baudry-Simon.)


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