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LA VOZ DEL OBISPO: El tiempo para escuchar

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
03/15/2019 | Comments

Este es mi Hijo elegido. Escúchenlo.

Estas palabras, tomadas de la lectura del Evangelio de este domingo, son para todos nosotros.

Cada año, en el segundo domingo de Cuaresma, la Iglesia nos presenta uno de los relatos de los evangelios sinópticos sobre la Transfiguración del Señor.  Este año oímos el relato de San Lucas de ese evento.

Es casi imposible encontrar las palabras adecuadas para comentar este pasaje del Evangelio. Los detalles del evento son tan simbólicos que arrojan una gran luz sobre el misterio.  La montaña a la que Jesús subió con Pedro, Santiago y Juan simboliza la lejanía de los asuntos mundanos ordinarios y la cercanía a Dios.  Fue en el monte Sinaí donde Moisés recibió el Decálogo de Dios.  El profeta Elías experimentó el clímax de su carrera en el Monte Carmelo.  Fue a una montaña a la que Jesús se retiró para orar a su Padre.

La blancura deslumbrante de las vestiduras de Jesús nos recuerda el resplandor de la gloria de Dios. La aparición de Moisés y Elías simboliza la importancia de la ley y de los profetas.  Estas dos grandes figuras del Antiguo Testamento señalan a Jesús como el cumplimiento de todas las esperanzas y expectativas del pueblo de Israel. La nube que desciende es tal vez el más llamativo de todos los símbolos, porque la nube anuncia la presencia misma de Dios.

Pero es la voz que se oye desde la nube — la voz de Dios Padre — la que expresa el significado de esta misteriosa revelación. “Este es mi Hijo elegido. Escúchenlo”. En el bautismo de Jesús la misma voz vino de los cielos, anunciando que Jesús era, en verdad, el Hijo de Dios.  En la Transfiguración, sin embargo, Dios habló directamente a Pedro, Santiago y Juan; y no sólo a ellos, sino también a nosotros.

Nosotros, los discípulos de Jesús, somos los destinatarios de estas palabras hoy.  Escúchenlo.  Como San Pedro, preferimos quedarnos en la montaña con Jesús; pero no vivimos en la cima de la montaña de grandes experiencias espirituales.  Vivimos en el valle de nuestras vidas ordinarias.  Es allí donde debemos escuchar la voz del amado Hijo de Dios.

Y así fue para Jesús también. Bajó de la montaña con sus apóstoles para llevar a cabo su misión en la humanidad que recibió de la Virgen María. Cuán amargamente fue probado Jesús al pasar por el oscuro valle de la muerte.  “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, gritó desde la cruz.  Jesús nos invita a cada uno de nosotros a tomar nuestra cruz y seguirlo, por un camino que nos llevará a través de las pruebas de esta vida a las alegrías eternas del cielo, escuchando siempre su voz.

Escúchenlo. Escuchen a Jesús.  No es algo fácil de hacer, escuchar la voz del Señor en medio de tanto ruido y tantas distracciones.  Para esto sirve la Cuaresma.  Por eso se proclama el Evangelio de la Transfiguración en los primeros días de Cuaresma.  Jesús nos habla de muchas maneras:  en las Sagradas Escrituras, en la enseñanza de la Iglesia, en la oración, en los impulsos de la conciencia, e incluso en las circunstancias ordinarias de la vida, en aquellos que encontramos en el camino, especialmente los pobres.

Tómense su tiempo para escucharle.  Aléjense del ruido del mundo, aunque sólo sea por estos 40 días.  Renueven su vida de oración.  Allí oirán a Jesús hablándoles.  Tomen las Escrituras.  No podemos pretender conocer la voz de Dios si ignoramos su santa palabra.  Miren los rostros de los pobres entre nosotros.  Allí verán y escucharán a Jesús.

Cuando hayamos llegado al final de nuestra peregrinación terrenal y hayamos entrado en la luz eterna del cielo, entonces ya no caminaremos por la fe, sino por la visión.  Ahora, sin embargo, no es el momento de ver.  Este es el momento de escuchar.  Escuchamos la voz del Padre y obedecemos su mandato:  “Este es mi Hijo elegido. Escúchenlo”.

(Traducido por Luis Baudry-Simón.)


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