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LA VOZ DEL OBISPO: Tomando la cruz

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
04/19/2019 | Comments

Hoy, Viernes Santo, nuestros pensamientos y oraciones se centrarán en Cristo crucificado. En el centro de cada iglesia católica se exhibe el crucifijo, el recordatorio visible del sacrificio de Cristo por nuestra salvación.   

La exhibición del crucifijo es una de las diferencias externas entre las iglesias católicas y las de nuestros hermanos y hermanas protestantes.  En las iglesias de la mayoría de las denominaciones protestantes veremos la cruz, pero sin el cuerpo del Señor sobre ella.

La razón que a veces es citada por los protestantes cuando hablan de la afición católica por el crucifijo es que los católicos no aprecian suficientemente la resurrección de Jesús.  A diferencia de los protestantes, que quieren proclamar que Cristo resucitó de entre los muertos, los católicos — se dice — quieren mantener a Jesús en la cruz.

Por supuesto, esto está completamente lejos de la realidad.  Nosotros los católicos celebramos la resurrección de Jesús no sólo en el día de Pascua, sino durante los 50 días posteriores.  No sólo eso: los católicos entienden que todos y cada uno de los domingos es una “pequeña Pascua”.  Esta atención abrumadora a la resurrección de Cristo en la Iglesia Católica es prueba de nuestra profunda fe en la resurrección de Jesús de entre los muertos y en la importancia de su resurrección en la vida de cada cristiano.

¿Por qué, entonces, los católicos anhelan ver la imagen de Cristo crucificado y no simplemente una cruz vacía?  ¿Por qué las directrices litúrgicas de la Iglesia Católica insisten en que se coloque un crucifijo — no sólo una cruz — cerca del altar durante la celebración de la Santa Eucaristía?  Hay varias razones.

La imagen del cuerpo sangriento y quebrantado de Jesús en la cruz es un recordatorio claro y patente de lo que el Hijo de Dios ha hecho por todos y cada uno de nosotros.  Mientras que puede haber algo más agradable en la cruz desnuda, despojada de cualquier señal de sufrimiento, mirar al crucifijo exige que recordemos lo que nuestros pecados le han hecho al Hijo de Dios sin pecado.  Jesús murió no sólo por los pecados cometidos antes de su venida al mundo, sino por cada pecado que se cometió — incluyendo el nuestro.  ¿Cómo no tomar en serio nuestros pecados cuando nos enfrentamos al precio que Cristo pagó?

El crucifijo está en el centro de las iglesias católicas porque es el sacrificio de Jesucristo en la cruz está en el centro de nuestra fe.  Es verdad que la muerte de Jesús en la cruz es un acontecimiento de la historia que se realiza “de una vez por todas”.  Pero eso no significa que la muerte de Jesús sea relegada al pasado.  San Pablo escribió a los Corintios:  “Decidí no saber de otra cosa que de Jesucristo, y éste crucificado” (1 Cor. 2,2).  Pablo no estaba negando o ignorando la resurrección.  Más bien estaba apelando a las propias palabras de Jesús sobre el significado aquí y ahora de su sufrimiento y nuestra participación en ese sufrimiento:  “Quien no carga con su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo” (Lc. 14,27).

La crucifixión de Jesús, como todos los eventos de su existencia terrenal, tuvo lugar en un cierto momento de la historia.  Y no se repiten.  Sin embargo, debido a que Jesús es el Hijo eterno de Dios, todos los misterios de Su vida tienen una dimensión eterna.  La Carta a los Hebreos nos dice que, a diferencia de los sacerdotes de la antigua alianza, Jesús tiene un sacerdocio eterno.  A la derecha su Padre ahora Jesús ofrece el único sacrificio de sí mismo para toda la eternidad.

Es en la Misa que entramos personalmente en ese sacrificio de Cristo en la Cruz de una vez por todas.  “La Eucaristía es, pues, un sacrificio porque representa (= hace presente) el sacrificio de la cruz […] El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio […] se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1366, 1367).

Cuando apreciamos la invitación de Jesús a unirse a Él en el Calvario celebrando el Sacrificio Eucarístico, podemos ver claramente por qué el crucifijo es una ayuda tan poderosa para nosotros para responder a esa invitación.  Lejos de ser el momento de la derrota de Cristo, la crucifixión es, de hecho, su glorificación.  Fue en la entrega de su vida en amor por nosotros que él dio gloria a su Padre y fue, a su vez, glorificado por su Padre (cf. Jn. 17,1-5). 

Cada vez que miramos la imagen de Cristo crucificado no podemos dejar de ser conscientes de que su sufrimiento terminó en la victoria de su resurrección.  De la misma manera, cuando nos regocijamos en su resurrección, recordamos que Nuestro Salvador vino a la gloria de la resurrección sólo soportando el sufrimiento de la cruz.  No es una cuestión de agonía de la cruz o alegría de la resurrección. Abrazamos el único misterio pascual y oramos para que el tomar nosotros nuestra cruz en nuestras vidas nos conduzca al triunfo de la vida de resurrección del cielo.

¡Que Nuestro Señor Crucificado y Resucitado te bendiga a ti y a los tuyos abundantemente a lo largo de este tiempo pascual!              

(Traducido por Luis Baudry-Simón.)


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