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LA VOZ DEL OBISPO: Vivir la vocación sacerdotal al máximo

(La homilia del Obispo Sheridan en la Misa Crismal del 16 de abril en la Catedral Santa María.)

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
05/03/2019 | Comments

¡Alabado sea Jesucristo, nuestro gran Sumo Sacerdote! Mons. Hanifen, mis hermanos sacerdotes y diáconos, seminaristas, religiosos y religiosas y todos ustedes, hermanos y hermanas en Cristo. Quiero dar la bienvenida a los novicios de la Santa Cruz y a nuestros propios seminaristas diocesanos. Por favor oren por ellos para que perseveren en sus vocaciones.

Quiero reconocer a los sacerdotes que están celebrando aniversarios significativos este año:  P. Michael Goodyear y P. Gus Stewart, 25 años; P. George Fagan, 50 años; y Mons. Richard Hanifen, 60 años.

Oremos también por los sacerdotes que, por diversas razones, necesitan la gracia y la fuerza especial de Dios. Oremos por los sacerdotes que sufren de enfermedad y dolor, así como por los que no pueden estar aquí esta noche.  Y recordamos a Mons. John Slattery, llamado a casa el 28 de noviembre.  Que él y todos nuestros hermanos difuntos descansen en paz.

Aunque nos reunimos temprano en Semana Santa para celebrar la Misa Crismal, esta celebración es esencialmente una liturgia del Jueves Santo. Hoy celebramos el don y el misterio del sacerdocio ministerial, instituido por Jesucristo en la Última Cena del Jueves Santo. Jesucristo es el Sacerdote de la nueva alianza. Sólo Él ha ofrecido el único sacrificio aceptable al Padre por la salvación del mundo. Su sacerdocio supera cualquier otro sacerdocio.

Hoy celebramos y damos gracias a nuestro gran Sumo Sacerdote porque Él ha dado una parte de su sacerdocio único a hombres que Él ha escogido personalmente. Hoy estos sacerdotes de Jesucristo se han reunido aquí — como cada año en este día — para volver a comprometerse con Cristo y con su ministerio sacerdotal. Se comprometen a la santidad de vida, al celibato sagrado y al servicio fiel. Hoy todos reafirmamos nuestro apoyo y amor por nuestros sacerdotes que llevan adelante su dedicación pastoral diaria al pueblo de Dios.

Hay muchos dones espirituales y muchos ministerios en la Iglesia de Jesucristo, pero ninguno es tan esencial como la vocación al sacerdocio. La Iglesia necesita el sacerdocio. Jesús mismo necesita a sus sacerdotes para llevar a cabo su ministerio eterno en el mundo. La presencia de ustedes aquí esta noche expresa claramente su fe en la Iglesia y en el sacerdocio, así como el amor y el respeto que ustedes tienen por sus sacerdotes.

Los sacerdotes somos conscientes de nuestras debilidades y de nuestros pecados, pero, por la gracia de Dios, nos esforzamos cada día por servir a Cristo y a su Iglesia lo mejor que podemos. A pesar de los fracasos de los individuos, la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, es fuerte en la fe y en el amor. Recordemos las palabras del Papa Emérito Benedicto XVI en su homilía inaugural: «La Iglesia está viva. Y la Iglesia es joven. Ella tiene dentro de sí el futuro del mundo y por lo tanto nos muestra a cada uno el camino hacia el futuro . . . La Iglesia está viva, está viva porque Cristo está vivo, porque ha resucitado de verdad».

Son palabras alentadoras y buenas noticias. Pero la «larga Cuaresma» de ahora casi un año nos ha sacudido a todos hasta la médula. La llamada de los sacerdotes y obispos hoy es fuerte y clara. Estamos llamados a vivir nuestras vocaciones sacerdotales con total integridad y con una santidad aparentemente reservada sólo a los grandes santos. La mediocridad, si alguna vez fue una opción, hoy no lo es. Los sacerdotes y obispos deben ser completamente fieles a la castidad célibe, en mente y cuerpo. Los obispos deben gobernar con una humildad genuina y una responsabilidad totalmente transparente.

Aun cuando soportamos esta purificación de la Iglesia de Cristo, nosotros los sacerdotes no podemos abandonar nuestra alegría. Estamos alegres, no por un falso optimismo, sino por la vida en un Dios que nos ama. Nuestra alegría es el Espíritu que brota en nuestros corazones y no puede ser reprimido. Es este Espíritu gozoso que es un signo auténtico de la presencia de Dios del que todos tenemos sed. En la estela de todo lo que ha ocurrido y sucederá, nosotros los sacerdotes debemos estar alegres y ser santos.

En unos momentos bendeciré los óleos que se usarán en los Sacramentos del Bautismo, la Confirmación, el Orden Sagrado y la Unción de los Enfermos a lo largo de este próximo año. Pero primero quiero hablar directamente con mis hermanos sacerdotes, que esta noche renovarán su compromiso de servir a Dios y a su Iglesia.

Oremos hoy de manera especial por aquellos sacerdotes que por diversas razones necesitan la gracia y la fuerza especial de Dios. Oremos por los sacerdotes que sufren de enfermedad y dolor, así como por los que no pueden estar aquí esta noche.

Hermanos, este es el día para que todos nosotros revivamos la alegría de nuestra ordenación. Este es el día en que la Iglesia debe orar fervientemente por las vocaciones al sacerdocio. Pero este es también un día para hacer balance de nuestras vidas como sacerdotes. En una reciente catequesis en su audiencia semanal, el Papa Francisco pronunció estas palabras a sus compañeros obispos y sacerdotes:

«El apóstol Pablo recomienda al discípulo Timoteo que no descuide, es más, que reavive siempre el don que está en él. El don que le fue dado por la imposición de las manos. Cuando no se alimenta el ministerio, el ministerio del obispo, el ministerio del sacerdote, con la oración, con la escucha de la Palabra de Dios y con la celebración cotidiana de la Eucaristía, y también con una frecuentación al Sacramento de la Penitencia, se termina inevitablemente por perder de vista el sentido auténtico del propio servicio y la alegría que deriva de una profunda comunión con Jesús».

Me gustaría compartir una vez más las palabras de San Juan Pablo II tomadas de sus reflexiones sobre sus cincuenta años de sacerdocio. Estas palabras expresan tan bella y concisamente lo que es esencial en el ministerio de cada sacerdote:

«Si miramos de cerca lo que los hombres y mujeres contemporáneos esperan de los sacerdotes, veremos que, al final, sólo tienen una gran expectativa: tienen sed de Cristo. Todo lo demás — sus necesidades económicas, sociales y políticas — pueden ser satisfechas por cualquier otra persona. ¡Al sacerdote le piden Cristo! Y de él tienen derecho a recibir a Cristo, sobre todo a través del anuncio de la Palabra . . . Pero este anuncio busca que el hombre encuentre a Jesús, especialmente en el misterio de la Eucaristía, corazón vivo de la Iglesia y de la vida sacerdotal. El sacerdote tiene un poder misterioso e impresionante sobre el Cuerpo Eucarístico de Cristo. Por este poder se convierte en el administrador del tesoro más grande de la Redención, pues da a las personas el Redentor en persona. Celebrar la Eucaristía es la función más sublime y sagrada de todo sacerdote. En cuanto a mí, desde los primeros años de mi sacerdocio, la celebración de la Eucaristía ha sido no sólo mi deber más sagrado, sino sobre todo la necesidad más profunda de mi alma».

Aquí es donde encontramos nuestra mayor fuerza y donde llevamos a cabo nuestro llamado de manera más única: en nuestra ofrenda diaria del Santo Sacrificio de la Misa. Esto no es todo lo que hace el sacerdote, pero la Eucaristía es el corazón y el alma de nuestro ministerio. Y así, el Jueves Santo, conmemoraremos no sólo la institución del sacerdocio, sino también la institución de la Sagrada Eucaristía. Estos dos son inseparables.

Queridos hermanos: el pueblo de Dios cuenta con su amor, su servicio pastoral y su fidelidad hasta el final. Cuento con su ministerio todos los días. No podría cumplir con mis deberes como obispo sin ustedes. Jesús mismo los ha elegido para servir a los demás. Han sido ungido como Jesús, para poder anunciar el Evangelio a los pobres y al mundo entero. Nunca olviden lo importante que son en el plan de salvación de Dios.

Te alabamos y te damos gracias, Señor Jesucristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, por los dones del sacerdocio y de la Eucaristía. A ti sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

(Traducido por Luis Baudry-Simón.)


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