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LA VOZ DEL OBISPO: Respondiendo al estudio del Centro de Investigación Pew

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
09/06/2019 | Comments

Por ahora debe ser bien conocido que un estudio reciente del Centro de Investigación Pew ha encontrado que una mayoría significativa de católicos que se identifican a sí mismos no creen que el pan y el vino usados en la Misa realmente se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo cuando las palabras de consagración son pronunciadas por el Sacerdote celebrante.

Sesenta y nueve por ciento de los católicos que respondieron a la encuesta de Pew dijeron que creían que los elementos consagrados eran «símbolos del cuerpo y la sangre de Cristo».  Aunque ese número es menor para los católicos que asisten a misa regularmente, el estudio sigue siendo muy preocupante. Indica que el 22% de los participantes sabían lo que la Iglesia enseñaba, pero no lo creían.  Entonces, ¿qué vamos a hacer con estos datos?

 En primer lugar, podríamos inclinarnos a ignorarlos como «sesgados» o «engañosos».  Es cierto: las encuestas como ésta no siempre proporcionan una imagen tan precisa de las cosas como lo afirman.  Sin embargo, si consideramos que en 1998, una encuesta similar de católicos produjo resultados similares, los resultados de Pew no parecen estar muy lejos.   Hace veinte años la mayoría de los católicos tampoco creían en lo que la Iglesia llama la «Presencia Real».  No nos apresuremos a descartar los hallazgos de Pew.

Entonces, ¿de quién es la culpa de estos números tan inquietantes?  El Obispo Robert Barron ha respondido a esa pregunta con la misma claridad y precisión que cualquier otra persona.  «Me culpo a mí mismo, a los obispos, a los sacerdotes y a todos los responsables de transmitir la fe.  Todos somos culpables». Eso es correcto.  Las dos generaciones de católicos en los años posteriores al Concilio Vaticano II fueron tratados con lo que George Weigel ha llamado «una versión light del catolicismo», y a algunos de ellos ni siquiera se les dio eso. 

¿Están las cosas mejor hoy?  En nuestras escuelas católicas lo son.  En esta diócesis, nuestras escuelas católicas enseñan toda la verdad sobre la Eucaristía.  Dependiendo de la edad de los estudiantes, el término «transubstanciación» tal vez no sea usado, pero nuestros jóvenes católicos saben que el pan y el vino realmente se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y no son meramente símbolos de Cristo. 

Pero el lenguaje teológico preciso no es la única consideración, por importante que sea.  Mi abuela no podía pronunciar la palabra «transubstanciación» si su vida hubiera dependido de ello, pero sabía muy bien quién estaba en el tabernáculo y a quién recibía como su alimento espiritual.  ¿Dónde aprendió una mujer que ni siquiera tenía una educación de octavo grado acerca de la Presencia Real de Jesús bajo los signos del pan y el vino?  A los pies de su padre (era una niña cuando murió su madre), cuya fe, oración, ejemplo —y la gracia de Dios— eran todo lo que tenía.  Pero cuando los estudios actuales revelan que apenas el 30% de los católicos asisten a misa regularmente los domingos, es probable que lo que se les enseña a nuestros hijos en la escuela no se refuerce en casa.

Pero hay más.  Incluso si entendemos y creemos en la doctrina de la transubstanciación, ¿tenemos cuidado de expresar siempre esa creencia?  Por ejemplo, cuando entramos y salimos de la Iglesia, ¿hacemos una genuflexión, mostrando nuestra creencia en la Presencia Real de Jesús en el tabernáculo?   Eso no es sólo un signo de nuestra propia fe; es también un recordatorio para los demás de la presencia del Señor.  Como alguien cuyas rodillas artríticas hacen la genuflexión virtualmente imposible, siempre me edifican aquellos que continúan doblando la rodilla reverentemente ante el Santísimo Sacramento.  Aunque no estamos obligados a arrodillarnos para recibir la Sagrada Comunión, qué hermoso reconocimiento de la presencia de Dios en la Sagrada Hostia que es.

La Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos pidió consejo a los laicos católicos en Facebook después de la publicación del informe Pew. Un encuestado escribió:  La «liturgia banal, casual, modernizada y secularizada que ya no eleva el alma hacia Dios» es la culpable de la falta de creencia en la transubstanciación.  Otro, un no católico, dijo; «Tengo una idea. Comiencen a tratarla como si creyeran que es la Presencia Real.  Cuando es ofrecida por sacerdotes [u obispos] que escandalizan a la iglesia o es ofrecida a pecadores no arrepentidos (como los políticos a favor del aborto), le están diciendo al mundo que la Eucaristía no tiene sentido».  Ese mensaje se volvió viral.

Pero no todo son malas noticias.  Hay pruebas de que muchos de nuestros jóvenes —incluidos los «millenials»— están abrazando con mucha fuerza su fe católica.  La adoración eucarística se ha vuelto especialmente importante para ellos. Esta es razón suficiente para que oremos para que Dios nos ayude a completar el Centro Católico de la UCCS, para que nuestros estudiantes universitarios católicos tengan un lugar para orar y adorar en el campus. Todo esto es un buen augurio para el futuro.  Por ahora, empecemos a renovar nuestra fe en la verdad central de nuestra religión: la presencia real de Jesús bajo los signos del pan y del vino.  ¡Y vivámosla!

(Traducido por Luis Baudry-Simón.)


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