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LA VOZ DEL OBISPO: La perspectiva cristiana sobre la muerte

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
06/19/2020 | Comments

Escribo esta columna cuando acabo de celebrar una misa de funeral cristiano para un buen amigo mío. Como en cada misa de funeral, me hizo enfrentarme de nuevo a mi propia mortalidad. Cada día veo más claramente que la muerte no está lejos para un hombre de mi edad.

La pandemia que aún sufrimos ha traído la realidad de la muerte a las mentes de muchos. En los últimos meses no ha habido escasez de artículos, entradas de blog, incluso libros completos que pretenden ayudarnos a enfrentar la situación. Estos escritos van desde proclamar que el virus es un «engaño», a no ser tomado en serio, hasta pedir el autoaislamiento de todos excepto de la familia inmediata hasta que el virus haya sido erradicado. A veces era difícil encontrar un enfoque de sentido común para evitar la contaminación o contaminar a otros.

Algunas personas de fe han denunciado a las autoridades civiles como culpables de violar la libertad religiosa de los creyentes, primero cerrando las iglesias, y luego permitiéndoles que se abran sólo lentamente. La Iglesia enseña que el derecho a la libertad religiosa no es, por sí mismo, ilimitado. El bien común siempre debe ser tomado en consideración. Leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica: «El bien común está siempre orientado hacia el progreso de las personas: El orden social y su progreso deben subordinarse al bien de las personas y no al contrario » (n. º 1912). Confío en que estamos siguiendo las directrices que ayudarán a asegurar la continuación y, rezamos, el aumento de las oportunidades de culto. No podemos permitirnos el lujo de tomar un enfoque arrogante.

En el otro extremo del espectro están aquellos que están paralizados por el miedo, no sólo el miedo a contraer la enfermedad, sino especialmente el miedo a morir. Por supuesto, cada uno de nosotros debe tener un cuidado razonable por nuestro bienestar y el de los demás; pero no empecemos a pensar que la muerte es el peor destino posible para nosotros. De hecho, es el destino de todos nosotros. Un sinnúmero de personas muere cada día por una variedad de enfermedades. Es una apuesta segura que, aunque produzcamos una vacuna para protegernos del coronavirus, la gente seguirá muriendo por el coronavirus, como seguirá muriendo por la gripe, para la que hay muchas vacunas. ¿Se debe temer tanto a la muerte?

El prefacio de la misa de funeral que celebré hoy proclama: «Porque para los que creemos en ti, la vida no termina, sino que se transforma, y al deshacerse esta morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo». Es difícil invocar palabras más reconfortantes que esas.

Mientras que el misterio de la muerte siempre traerá consigo una cierta cantidad de duda y miedo, consideremos las palabras de Jesús a sus apóstoles cuando se enfrentó a la muerte: «No se turben; crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. De no ser así, no les habría dicho que voy a prepararles un lugar. Y después de ir y prepararles un lugar, volveré para tomarlos conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes» (Juan 14: 1-3).

El Catecismo ofrece una bella enseñanza sobre el verdadero significado de la muerte para el cristiano: «La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también para hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida.

La muerte fue transformada por Cristo. Jesús, el Hijo de Dios, sufrió también la muerte, propia de la condición humana. Pero, a pesar de su angustia frente a ella, la asumió en un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre. La obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición. Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. “Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia” (Filipenses 1:21)» (números 1007-1010).

Para los que están preparados, la muerte no es lo peor de la vida; es el mejor.

Cada acción tuya, cada pensamiento debería ser el de alguien que espera morir antes del final del día. La muerte no tendría grandes terrores para ti si tuvieras una conciencia tranquila . . . Entonces, ¿por qué no mantenerse alejado del pecado en lugar de huir de la muerte? Si no estás en condiciones de enfrentar la muerte hoy, es muy poco probable que lo estés mañana.

— Tomás de Kempis, «La imitación de Cristo», 1, 23, 1

(Traducido por Luis Baudry- Simón)


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