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LA VOZ DEL OBISPO: No podemos vivir sin la Eucaristía

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
02/19/2021 | Comments

Ha pasado casi un año desde que el virus COVID comenzó a atacar nuestro mundo.  Ha sido un año terrible de enfermedad y muerte para muchas personas.  Ha sido un año de vivir en aislamiento y con miedo.  Lo peor de todo es que ha sido un año en el que la celebración y recepción de la Eucaristía no es más que un recuerdo para muchos católicos.

Nuestras iglesias han estado abiertas, y los sacramentos han estado disponibles.  Muchos de los fieles han continuado llenando (“estilo COVID”) sus iglesias parroquiales, algunos anunciando que su temor de ser privados de los sacramentos era mayor que su miedo a la enfermedad, o incluso a la muerte.  Ahora, con las vacunas disponibles y la disminución de los números de virus cada día, es hora de que todos aquellos que probablemente no sean víctimas del COVID vuelvan a la práctica plena de la fe.

La dispensación general de la obligación dominical sigue en vigor, pero todos aquellos, excepto los ancianos, aquellos con condiciones que podrían hacerlos más susceptibles al COVID, y aquellos que deben cuidar a los enfermos y ancianos, ahora deben volver a la Misa. Si no puedes participar en la Misa el domingo, entonces ven otro día de la semana.  Ver la Misa en la televisión, o peor aún, aprovechar la dispensación como excusa para no asistir a la misma no debe convertirse en la “nueva normalidad”.

San Juan Pablo II escribió en Dies Domini que “el domingo es un día que como en el corazón mismo de la vida cristiana” (7).  Lejos de ser meramente una regla, la participación en la Misa — especialmente la Misa dominical — está en el corazón de nuestra identidad católica. En la celebración eucarística dominical, la palabra de Dios se proclama en las lecturas y se explica en la homilía.  Esta lectura de la palabra es seguida por la etapa del cuerpo y la sangre de Cristo con la cual el Señor alimenta a su pueblo.

Esto explica por qué la participación en la Misa dominical es tan importante en la vida cristiana que, con el tiempo, fue reconocida como una obligación grave, como lo atestigua el canon 1247 del Código de Derecho Canónico: “El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa”. El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que “la eucaristía del domingo fundamenta y confirma toda la práctica cristiana.  Por eso los fieles están obligados a participar en la Eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o dispensados por su pastor propio.   Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave” (2181).

Antes de que el COVID causara cambios en nuestras vidas como católicos, descubrimos que solo el 35% de los que se identificaban como católicos asistían a la Misa todos los domingos.  Ahora los números son aún más bajos. No siempre fue así. Uno de los relatos más inspiradores del amor de los católicos a la Misa proviene del año 304 D.C.  Cuando el emperador Diocleciano prohibió la práctica de la religión cristiana —especialmente la Misa— un grupo de 49 cristianos en África consular desafió al emperador y continuó asistiendo a la Misa y cuando fueron descubiertos y reportados al emperador y condenados a muerte, respondieron a sus acusadores: “Sin temor de ningún tipo hemos celebrado la Cena del Señor, porque no se puede perder; esa es nuestra ley; no podemos vivir sin la Eucaristía”.

Y tampoco nosotros podemos vivir sin la eucaristía.  Ya no hay excusa (excepto el miedo servil) para aquellos que no están incluidos entre los más vulnerables para permanecer lejos de la Misa. Nuestras parroquias están proporcionando el número necesario de misas para acomodar a todos los que vendrán.  Considera de nuevo los magníficos dones del bautismo y la fe que te han dado.  No hay salvación aparte de Cristo y su Iglesia, y los sacramentos.  No celebremos otra cuaresma sin la Misa.

Que la santísima virgen María, reina de los apóstoles, nos obtenga para todos la gracia de captar el mensaje del día del Señor y vivirlo con vigor.

(Traducido por Luis Baudry-Simón.)


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