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LA VOZ DEL OBISPO: Santificando el sabbath

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
09/15/2017 | Comments

El Libro del Éxodo del Antiguo Testamento nos trae las palabras de los Diez Mandamientos de Dios.  El tercer mandamiento es: «Fíjate en el sábado para santificarlo» (Éx. 20,8).  Santificar el Sábado santo está relacionado con el recuerdo.  ¿Recordar qué?  La primera obra de creación de Dios, pero, lo que es más importante, la nueva creación en la muerte y la resurrección de Cristo.   

Nuestro recuerdo toma dos formas: la celebración de la misa dominical y el reposo sabático.

La Eucaristía dominical.  En el corazón del recuerdo dominical está la Misa. En su carta apostólica Dies Domini (Día del Señor) [DD], San Juan Pablo II caracterizó la Misa dominical de esta manera:  «La Eucaristía dominical, sin embargo, con la obligación de la presencia comunitaria y la especial solemnidad que la caracterizan, precisamente porque se celebra “el día en que Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal”, subraya con nuevo énfasis la propia dimensión eclesial... En la celebración misma la comunidad se abre a la comunión con la Iglesia universal, implorando al Padre que se acuerde “de la Iglesia extendida por toda la tierra”» (DD 34).

La misa dominical es el memorial privilegiado de la muerte salvadora y la resurrección de Jesús. En nuestro recuerdo sacramental, es decir, en la Misa, entramos místicamente en esos acontecimientos salvíficos para que sus efectos salvíficos puedan aplicarse a nosotros.  Cada Misa es esencialmente la misma en la medida en que el sacrificio salvador de Cristo se hace presente a nosotros, pero la Eucaristía dominical es única, precisamente porque este es el día en que, desde el principio de la Iglesia de Cristo, todo el Cuerpo de Cristo se reunió para recordar los acontecimientos del Domingo de Pascua.

Se dice que sólo el 25-30 percent de los católicos estadounidenses asisten a la misa dominical cada semana.  Este desprecio generalizado por la misa dominical que tan tristemente caracteriza al catolicismo americano hoy en día, no siempre fue así. 

En el año 304 dC, cuando el emperador romano Diocleciano había prohibido a los cristianos, con pena de muerte, celebrar la Eucaristía, en lo que hoy es Túnez (África del Norte), 49 cristianos fueron arrestados cuando fueron encontrados celebrando la Eucaristía en la casa de Octavio Félix.  Fueron llevados a Cartago para ser interrogados.  Cuando a uno de los cristianos se le preguntó por qué había hecho algo tan necio como desobedecer las órdenes estrictas del emperador y participar en una celebración de la Eucaristía, el prisionero respondió: «No podemos vivir sin reunirnos el domingo para celebrar la Eucaristía.  ¿Cómo podríamos vivir sin Jesús?».  Después de mucha tortura, esos cristianos fueron martirizados.

Es difícil imaginar que muchos católicos hoy estén dispuestos al martirio en lugar de perderse la misa dominical, pero esto demuestra cuánto el celo por la fe ha disminuido en nuestro país y en muchas partes del mundo. Casi cualquier cosa puede alejar a algunas personas del acto más importante de su vida cristiana.

En los primeros siglos de la Iglesia no era necesario reducir el privilegio de celebrar la Eucaristía a una prescripción legal, pero las cosas han cambiado en estos tiempos modernos.  El Código de Derecho Canónico prescribe que «el domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa» (can. 1247).  «Esta ley se ha entendido normalmente como una obligación grave: es lo que enseña también el Catecismo de la Iglesia Católica. Se comprende fácilmente el motivo si se considera la importancia que el domingo tiene para la vida cristiana» (DD 47).

El descanso dominical.  El descanso del trabajo innecesario el domingo sigue siendo constitutivo de la celebración dominical.  A medida que nuestra sociedad se vuelve más secularizada, se vuelve mucho más difícil para los cristianos dejar de lado el domingo (el nuevo sábado) como un día de descanso.  Más y más personas están obligadas a trabajar el domingo para su subsistencia.  Además, el domingo ha sido desde hace mucho tiempo atrapados en la realidad moderna llamada el «fin de semana».  Estas cosas y más han contribuido a la erosión del estatus único del Día del Señor.  Y así la observancia del reposo sabático es más difícil que nunca.

Además de expresar un ritmo natural que interrumpe la semana regular de trabajo, el reposo sabático también proporciona la oportunidad muy necesaria para que los cristianos recuerden quiénes son en relación con Dios.  El descanso del domingo sirve para afirmar la primacía absoluta de Dios.  Como en el primer día de reposo «descansó» y contempló su creación con amor, así ahora y hasta el fin de los tiempos los cristianos tomamos tiempo para mirar todo lo que Dios ha hecho y recordar en gratitud nuestra total dependencia de Él.  Juan Pablo nos recuerda que el día de descanso no debe degenerar en un día de aburrimiento o vacuidad, sino más bien un día de acción de gracias alegre y un tiempo para rezar y disfrutar de la familia y amigos.

Así como los párrocos deben hacer todo lo posible para ofrecer una Eucaristía dominical genuinamente devota, llena de fe y estimulante, también deben los cónyuges y los padres hacer todo lo posible para proporcionar toda oportunidad para que la familia realmente descanse en el Señor.

El Papa Juan Pablo II concluye su carta apostólica con una declaración magnífica sobre la importancia del Día del Señor:  «Grande es ciertamente la riqueza espiritual y pastoral del domingo, tal como la tradición nos lo ha transmitido.  El domingo, considerando globalmente sus significados y sus implicaciones, es como una síntesis de la vida cristiana y una condición para vivirlo bien» (DD 81).

(Traducido por Luis Baudry-Simon.)


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