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LA VOZ DEL OPISPO: La homosexualidad y la ley moral natural

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
02/16/2018 | Comments

Poco después de la publicación de la Exhortación Apostólica del Papa Francisco, Amoris Laetitia [AL], comencé a recibir cartas, correos electrónicos y llamadas telefónicas solicitando aclaraciones sobre algunos de los caprichos del capítulo 8 de ese documento.  En ese momento escribí una columna para el Catholic Catholic Herald en la que decía que cualquiera de las partes confusas de AL debía interpretarse solo a la luz de la Tradición de la Iglesia recibida.

Ahora nos enfrentamos a una nueva confusión que emana de las declaraciones públicas del Cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Munich y Freising, y presidente de la Conferencia Episcopal Alemana.  El cardenal Marx, apoyado por otros obispos alemanes, ha sugerido que, en casos individuales, las uniones homosexuales podrían ser bendecidas por la Iglesia.

En una entrevista reciente, el Cardenal Marx comentó:  “Esto realmente tengo que delegarlo al párroco local y al acompañamiento de esa persona. Uno puede pensar en esto como un diálogo, y en este momento está teniendo lugar una discusión de ese tipo, es decir, sobre cómo podemos tratar este asunto, pero estoy convencido que debería dejarlo en manos del párroco local, en una situación muy concreta, y no exigir reglas en este asunto.  Hay cosas que no se pueden regular”.

De hecho, hay cosas que no se pueden regular, pero bendecir una unión sexual ilícita no es una de ellas.  San Pablo, en su Carta a los Romanos, es muy claro en sus instrucciones con respecto a aquellos que obstinadamente ignoran la ley moral natural, que prohíbe los actos homosexuales: “Desde el cielo se revela la ira de Dios contra toda clase de hombres impíos e injustos que por su injusticia esconden la verdad. . . Sus mujeres sustituyeron las relaciones naturales con otras antinaturales. Lo mismo los hombres: dejando la relación natural con la mujer, se encendieron en deseo mutuo.  Son ingeniosos para el mal, rebeldes con sus padres, sin juicio, desleales, crueles, despiadados.  Y, aunque conocen el veredicto de Dios, que declara dignos de muerte a los que hacen estas cosas, no sólo las practican, sino que aprueban a los que las hacen” (Romanos 1,18; 26-27; 31-32).

De manera similar, el Catecismo de la Iglesia Católica [CCC] enseña que “La Tradición ha declarado siempre que ‘los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados’.  Son contrarios a la ley natural.  Cierran el acto sexual al don de la vida.  No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual.  No pueden recibir aprobación en ningún caso aprobados” (CIC, 2357).

Tan severas, incluso duras, como pueden parecer las palabras de San Pablo y el Catecismo, de ninguna manera sugieren que las personas con atracción hacia personas del mismo sexo, incluso aquellas que han participado en uniones civiles, sean tratadas de otra forma que no sea con el respeto debido a su dignidad humana como hijos e hijas de Dios.  Merecen nuestro amor y cuidado pastoral.  Pero nunca debemos olvidar que el amor genuino siempre exige que digamos la verdad.

Si el cardenal Marx tiene éxito en instaurar la bendición de las uniones del mismo sexo en la Iglesia en Alemania, incluso en casos individuales, se está alejando efectivamente de la Iglesia Católica Única y Apostólica.  No tiene sentido que haya una ley moral en Alemania y otra diferente en el resto de la Iglesia.

Nunca debemos confundirnos desviándonos de la ley de Dios y su Iglesia con una expresión de cuidado pastoral.  En un artículo reciente publicado en el periódico arquidiocesano de Filadelfia, el arzobispo Charles Chaput escribió:  “No hay verdad, no hay verdadera misericordia, ni auténtica compasión, en la bendición de un modo de actuar que aleja a las personas de Dios.  Esto de ninguna manera es un rechazo de las personas que buscan tal bendición, sino más bien un rechazo a ignorar lo que sabemos que es verdad sobre la naturaleza del matrimonio, la familia y la dignidad de la sexualidad humana”.

Oremos para que la confusión acerca de la ley moral natural y las enseñanzas de la Iglesia de Dios ya no sea difundida por aquellos que han prometido defender estas enseñanzas.

(Traducido por Luis Baudry-Simon)


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