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LA VOZ DEL OBISPO: El error de cientificismo

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
06/01/2018 | Comments

Hace varias décadas, un cosmonauta ruso regresó de su primera incursión en el espacio y orgullosamente anunció que había estado en los cielos y ahora podía demostrar que Dios no estaba en ninguna parte. Este hallazgo, por supuesto, encaja muy bien en la imagen atea de la realidad que prevalecía en la Unión Soviética de aquellos días.

Sin embargo, más que una simple declaración simplista sobre la inexistencia de Dios, la observación fue expresiva de lo que se ha llegado a conocer como “cientificismo”. Michael Shermer, fundador de la “Sociedad de los Escépticos”, ofrece una buena definición del cientificismo: “El cientificismo es la cosmovisión científica que abarca explicaciones naturales para todos los fenómenos, evita las especulaciones sobrenaturales y paranormales, y adopta el empirismo y la razón como los dos pilares de una filosofía de la vida apropiada para una Era de la Ciencia”.

Dicho de manera más simple, el cientifismo es la creencia de que lo que no puede ser experimentado por los sentidos, es decir, visto, tocado, oído, etc., simplemente no existe. En primer lugar, esto significa que Dios no existe porque no puede ser sujeto de observación científica y prueba.

Uno de los gurús del cientifismo más conocidos fue el desaparecido Carl Sagan, mejor conocido por su popular serie de televisión Cosmos. Sagan fue implacable en su insistencia en que los métodos y los razonamientos de la ciencia son absolutamente necesarios para la comprensión adecuada de toda la realidad. La ciencia, entonces, supera cualquier otra forma de conocimiento, incluida la religión. En la “religión” del cientifismo, solo la materia es eterna. La “Madre Tierra” era para Sagan el único dios que debía ser adorado, como es el caso de muchos que abrazan el pensamiento de la Nueva Era.

En su libro Cosmos, Sagan escribió que “nuestros antepasados adoraban al Sol, y estaban lejos de ser tontos. Y, sin embargo, el Sol es una estrella ordinaria, incluso una mediocre. Si debemos rendir culto a un poder más grande que nosotros mismos, ¿tiene ahora sentido venerar al Sol y las estrellas?” (p. 243).

Pero el cientificismo ahora ha dado un giro curioso. Varios años atrás, los científicos de los Institutos Nacionales de Salud en Bethesda, Maryland realizaron experimentos que los convencieron de que lo que la religión llama la conciencia moral no es más que una actividad cerebral básica. Permaneciendo fieles a los principios del cientificismo, estos científicos no permitían ninguna explicación de la acción moral más que la afirmación de que esa es la forma en que nuestros cerebros están conectados.

Lo que es interesante, sin embargo, es que, en lugar de utilizar la ciencia para desacreditar a la religión, estos científicos parecen afirmar que lo que las personas de fe han sabido a lo largo ahora puede ser sustanciado por el método científico. Es un giro intrigante, pero al final el cientificismo sigue reinando.

El neurocientífico y filósofo de Harvard Joshua Greene, uno de los mejores ejemplos de cientificismo, ha declarado que su objetivo como científico es “revelar nuestro pensamiento moral por lo que es: un complejo batiburrillo de respuestas emocionales y (re)construcciones racionales, formadas por fuerzas biológicas y culturales . . .”. Ahí está. Para Greene, como para todos los buenos defensores del cientificismo, la conciencia y la moralidad no solo tienen un significado o contenido objetivo, aún menos provienen de Dios, sino que la persona humana no es más que el producto de las fuerzas culturales y biológicas.

Esta forma de pensar es cada vez más aceptable en lo que se ha llamado nuestra “era de la ciencia”.  Ha infectado incluso a las personas de fe. Estudios recientes han demostrado que un buen número de católicos creen que deben elegir entre la ciencia y la fe porque las dos no son compatibles. Y para aquellos que piensan que debe ser uno o el otro, la fe está perdiendo. En ninguna parte es más obvio que en el acuerdo implícito — a veces incluso explícito — que la conciencia es, de hecho, nada más que lo que pienso y siento sobre un tema en particular. Mis propios pensamientos personales son poco más que los efectos de la cultura en la que vivo. Y así, incluso para algunos católicos, la conciencia moral tiene poco que ver con Dios o su revelación o la ley natural. Más bien, la conciencia tiene que ver con cómo yo, como individuo, percibo la realidad.

En una época de relativismo como la nuestra, es de vital importancia que apreciemos que Dios es la fuente de toda verdad y sentido. Él creó ese mundo y todo lo que hay en él. Es su ley la que rige el comportamiento justo. Es su verdad la que informa y une a toda conciencia humana. Es su verdad la que es comunicada con autoridad por el magisterio de la Iglesia Católica. Leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica: “Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas” (No. 1783).

(Traducido por Luis Baudry-Simon.)


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