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LA VOZ DEL OBISPO: ‘Veritatis Splendor’ 25 años mas tarde

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
09/21/2018 | Comments

Hace veinticinco años, el 6 de agosto de 1993, el Papa San Juan Pablo II publicó la que es posiblemente su encíclica más importante, Veritatis Splendor” (El esplendor de la verdad).  La encíclica trataba sobre lo que el Papa llamó “una decadencia u oscurecimiento del sentido moral” (n. º 106.2).

Al principio del documento, el Papa habla de un tipo de cultura de la disidencia que se ha arraigado en la Iglesia.  No es difícil ver el nacimiento de esa “se pone en tela de juicio, de modo global y sistemático, el patrimonio moral” (n. º 4.2) en la disidencia masiva que siguió a la publicación de la encíclica Humanae Vitae del beato Papa Pablo VI en 1968. 

Este fue el catalizador para el surgimiento de opiniones teológicas que durante mucho tiempo se habían gestado, por ejemplo, el consecuencialismo, el proporcionalismo y la noción de la “opción fundamental”. Cada uno de ellos, a su manera, rechaza la enseñanza constante de la Iglesia sobre el significado objetivo de la doctrina moral tradicional a favor de una teología “pastoral” que hace la verdad divinamente revelada maleable de acuerdo con las situaciones y los tiempos en que los individuos se encuentran.

Como consecuencia de este nuevo enfoque “pastoral”, San Juan Pablo señala que “se rechaza la doctrina tradicional sobre la ley natural y sobre la universalidad y permanente validez de sus preceptos; se consideran simplemente inaceptables algunas enseñanzas morales de la Iglesia; se opina que el mismo Magisterio no debe intervenir en cuestiones morales más que para «exhortar a las conciencias» y «proponer los valores» en los que cada uno basará después autónomamente sus decisiones y opciones de vida” (n. º 4.2).

Esta manera de pensar, o más propiamente, de disentir, provoca efectivamente una ruptura entre la libertad y la ley.  Juan Pablo lamenta la pérdida del sentido auténtico de “libertad”, a saber, la libertad de conocer y seguir la ley moral natural.  Solo de esta manera somos verdaderamente libres, libres del pecado que nos obstruye para alcanzar el fin por el cual Dios nos creó.

“En algunas corrientes del pensamiento moderno”, escribe el Papa, “se ha llegado a exaltar la libertad hasta el extremo de considerarla como un absoluto, que sería la fuente de los valores . . . Se han atribuido a la conciencia individual las prerrogativas de una instancia suprema del juicio moral, que decide categórica e infaliblemente sobre el bien y el mal... Pero, de este modo, ha desaparecido la necesaria exigencia de verdad en aras de un criterio de sinceridad, de autenticidad, de «acuerdo con uno mismo», de tal forma que se ha llegado a una concepción radicalmente subjetivista del juicio moral” (n. º 32.1).

Esta desconexión entre la libertad auténtica (para elegir lo bueno) y la ley moral natural (que nos revela lo bueno) ha tenido consecuencias nefastas en la vida de muchos, muchos católicos, incluidos algunos en la jerarquía de la Iglesia.  Lo que se consideraba verdad objetiva, bien objetivo y mal objetivo ahora debe determinarse de acuerdo con los dictados subjetivos de la conciencia, ya sea que ésta esté formada adecuadamente o no.

Algunos actos simplemente no pueden ser ordenados a Dios porque son intrínsecamente malos, una frase que San Juan Pablo usa con cierta regularidad en esta encíclica.  Y, sin embargo, hemos visto demasiados ejemplos de actos intrínsecamente malos ejecutados incluso por aquellos en quienes hemos confiado para vivir de otra manera.  Y todo esto ha resultado en una disminución severa en la santidad manifiesta de la Iglesia.  Solo cuando todos nosotros, y me refiero a todos nosotros, regresemos a la práctica seria de nuestra fe, tal como Cristo la ha revelado y la Iglesia la ha enseñado, podemos esperar ver el final de los horrores que se han revelado recientemente.

En una exhortación a los obispos cerca del final de su encíclica, San Juan Pablo escribe:  “Forma parte de nuestro ministerio pastoral, amados hermanos en el episcopado, vigilar sobre la transmisión fiel de esta enseñanza moral [de la unidad de la ley moral y la consciencia] y recurrir a las medidas oportunas para que los fieles sean preservados de cualquier doctrina y teoría contraria a ello” (n. º 116.1).

Pero nosotros, los obispos, no solo debemos enseñar la verdad, también debemos vivirla.

(Traducido por Luis Baudry-Simon)


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