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LA VOZ DEL OBISPO: El camino a la conversión

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
04/05/2019 | Comments

Estamos a punto de entrar en los últimos días de Cuaresma. Rezo para que todos nosotros sigamos haciendo buen uso de este tiempo lleno de gracia. El mensaje de la Cuaresma es el mismo cada año. Es la invitación a la conversión.

Cuando recibimos las cenizas sobre nuestras cabezas al principio de la Cuaresma, oímos las palabras: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Esta es la llamada a la conversión.

La conversión es una realidad doble. Primero, debemos alejarnos del pecado. Este fue el mensaje de Juan el Bautista mientras preparaba el camino para el Maestro: “Arrepiéntanse, que está cerca el reino de los cielos” (Mateo 3,2). Jesús mismo repitió el llamado al comienzo de su ministerio terrenal: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. arrepiéntanse y crean en la Buena Noticia” (Marcos 1,15).

 Segundo, debemos volver al Señor, a la vida de Dios. En otras palabras, debemos crecer en santidad. Alejar el pecado de nuestras vidas es sólo el paso primero y necesario para crecer en santidad. Dios quiere nada menos que cada uno de nosotros se convierta en santo. De eso se trata la santidad. Se trata de llegar a ser como Dios — que es el único Santo — por el aumento de la gracia de Dios en nosotros.

La obra de conversión, si bien parece realizarse a través de nuestros propios esfuerzos, es, de hecho, la obra de Dios. Es Dios quien nos hace santos. De hecho, es la gracia actual de Dios la que nos mueve a renunciar al pecado en primer lugar y buscar vivir su vida de nuevo. Por nuestra parte, debemos prepararnos para escuchar y responder a la llamada de Dios a la conversión. Los actos penitenciales de oración, ayuno y limosna a los que nos entregamos en Cuaresma son especialmente eficaces para abrir nuestros corazones a una conversión genuina.

El Sacramento de la Penitencia (Reconciliación) es indispensable para esta dinámica de alejarse del pecado y volver al Señor. Es en este sacramento que el mismo Cristo acepta nuestro acto de contrición y extiende el perdón de los pecados que viene sólo de Dios. Por medio del ministerio del sacerdote, Cristo nos concede a los pecadores la nueva vida de la gracia y nos reconcilia una vez más con el Padre y con la Iglesia. Nadie que se tome en serio la vida cristiana puede ignorar el sacramento de la Penitencia. Ignorarlo sugeriría que podemos perdonar nuestros propios pecados y salvarnos a nosotros mismos. Esto no es más que un ejercicio de orgullo y futilidad.

¿Por qué, entonces, algunos católicos no reciben el Sacramento de la Penitencia con regularidad? Las excusas son muchas, pero aquí algunas:

Me avergüenza decirle mis pecados a un sacerdote. Todo católico debe saber que no hay pecado que un sacerdote no haya escuchado. Sí, puede ser inquietante confrontar nuestro pecado y nombrar en voz alta nuestra maldad. Pero es sólo nombrando nuestros pecados y confesándolos junto con nuestro sincero dolor que somos aliviados de la terrible carga del pecado. El propósito de la confesión no es la vergüenza. Es la alegría y la paz que viene del perdón. Recordemos la parábola del hijo pródigo. El hijo se sintió humillado por las decisiones que había tomado, decisiones que lo llevaron a abandonar la casa de su padre. El padre, por otra parte, estaba encantado de que su hijo regresara a casa. Así es con Dios. Él está impaciente a que volvamos a Él.

Tengo miedo. Ha pasado mucho tiempo desde mi última confesión. Una vez más, todo católico debe saber que el sacerdote está listo y muy dispuesto a ayudarle a hacer una buena confesión. No tes preocupes si olvidaste las oraciones. El sacerdote te ayudará. Lo importante no es que todas las oraciones sean correctas. Es más bien que seas absuelto(a) de tus pecados. Una vez dentro del confesionario sé que encontrarás que podrás hablar fácilmente con el sacerdote.

No necesito el sacramento. Le digo a Dios en privado que lo siento. Por supuesto, Dios conoce nuestros pecados, así como nuestro dolor antes de que nos acerquemos al Sacramento de la Penitencia. Pero eso no hace que el sacramento sea innecesario. Recuerda, fue Jesús mismo quien dio a la Iglesia este sacramento con ocasión de su aparición pascual a sus apóstoles (cf. Juan 20,19-23). Es la voluntad expresa de Cristo que los pecadores encontremos el perdón de nuestros pecados precisamente en esta forma sacramental. Por esta razón, la Iglesia siempre ha enseñado que todo pecado mortal debe ser confesado a un sacerdote.

Siempre podemos encontrar excusas para no ir a la confesión. Pero son sólo eso: excusas. El Sacramento de la Penitencia es la manera ordinaria en que Cristo continúa su ministerio de misericordia. Ningún católico puede permitirse excusarse de la misericordia de Dios.

Repito las palabras del apóstol Pablo que se leen cada año en la Misa del miércoles de ceniza: “Por Cristo les suplicamos: Déjense reconciliar con Dios” (2 Corintios 5,20). Rezo para que ningún católico deje que este santo tiempo de Cuaresma se termine sin hacer una buena confesión. Sólo así podemos acercarnos a los sacramentos pascuales con los corazones puros que Dios busca en nosotros.

(Traducido por Luis Baudry-Simón.)


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