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LA VOZ DEL OBISPO: La realidad universal de la Iglesia católica

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
07/05/2019 | Comments

La semana pasada (29 de junio) celebramos la solemnidad de los Apóstoles Pedro y Pablo.  Esa observancia litúrgica vuelve nuestra atención a la naturaleza y significado de la Iglesia de Jesucristo como una realidad universal.  Ese día recordamos el anuncio de Jesús de la fundación de la Iglesia sobre la confesión de fe de San Pedro.

Este año también marca el 35º aniversario de la erección de la Diócesis de Colorado Springs por el Papa San Juan Pablo II.  Este aniversario nos recuerda que la Iglesia es a la vez una única entidad universal y la comunión de las muchas iglesias locales o particulares de todo el mundo.  El misterio de la Iglesia de Jesucristo se realiza tanto en su expresión universal como en las reuniones particulares de los fieles.

La Iglesia Católica Universal y la Iglesia local no son dos Iglesias diferentes.  Más bien, como enseña el Concilio Vaticano II, «Esta Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en todas las legítimas reuniones locales de los fieles, que, unidas a sus pastores, reciben también en el Nuevo Testamento el nombre de iglesias» (Lumen Gentium, 26).

El conocido texto del Evangelio de San Mateo, leído en la solemnidad de los Santos Pedro y Pablo (Misa del día), proclaman claramente que Jesús fundó su Iglesia como una realidad universal sobre la confesión de fe de San Pedro.  El Señor declaró a Pedro: «Pues yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra construiré mi Iglesia, y el imperio de la muerte no la vencerá» (Mateo 16, 18). Con estas palabras, enseña la Iglesia, Jesús estableció verdaderamente a su Iglesia como una comunión terrenal permanente, con Pedro y sus sucesores (los Papas) como cabezas de la Iglesia en la tierra.  Profesamos en nuestro credo que esta Iglesia es una, santa, católica y apostólica.

La Iglesia es una porque Dios es uno.  La Iglesia es una porque Jesús es el único salvador de la humanidad.  La Iglesia es una porque el único Espíritu Santo de Dios habita en la Iglesia y en las almas de todos los creyentes para hacer posible una verdadera comunión de todos los fieles.  Debido a que la «unidad» es esencial a la Iglesia, nunca debemos cansarnos de orar y trabajar por el fin de esas divisiones que son verdaderamente pecados contra la unidad del Cuerpo de Cristo.

Aunque la Iglesia es Cristo es esencialmente una comunión universal, hay una gran diversidad en cuanto a los dones que Dios da a su pueblo, y también en cuanto a la variedad de los que reciben esos dones.  La diversidad legítima no se opone a la unidad.  Sin embargo, el pecado y sus consecuencias amenazan continuamente la unidad de la Iglesia.  Por eso, San Pablo nos exhorta: «esfuércense por mantener la unidad del espíritu con el vínculo de la paz» (Efesios 4, 3).

La Iglesia es santa porque Cristo, su Fundador, es santo.  Después de su regreso a su Padre en la gloria, Jesús otorgó su Espíritu Santo a su Iglesia (representada por María, la Madre del Señor, y sus discípulos reunidos en oración y esperando el don prometido del Espíritu).  La Iglesia es indefectiblemente santa porque el Espíritu Santo habita en ella como alma en un cuerpo, y así Cristo estará presente en ella, como prometió, «hasta el fin del mundo» (Mateo 28, 20).

Aunque la Iglesia es santa, sus miembros son pecadores, aunque pecadores a quienes se les ha dado el don de la salvación y han sido lavados con la Sangre de Cristo.  Porque la Iglesia está compuesta de seres humanos pecadores, la santidad de la Iglesia en la tierra, aunque real, siempre será imperfecta.

La Iglesia es católica, es decir, universal, porque dondequiera que Cristo, el salvador universal, esté presente, allí está la Iglesia Católica.  La Iglesia es católica porque Cristo murió por todos los hombres, y su evangelio de salvación debe ser predicado y creído por todos.  No hay lugar, sociedad o cultura a la que la Iglesia y el Evangelio sean «ajenos».

La Iglesia es apostólica porque se funda en el testimonio y la enseñanza de los apóstoles.  Esta enseñanza ha sido preservada por el Espíritu Santo y transmitida por los obispos de la Iglesia (los sucesores de los apóstoles) en unión con el Sumo Pontífice de la Iglesia.  Es este magisterio universal el que garantiza la autenticidad de la Tradición de la Iglesia. 

Esta Iglesia santa, católica y apostólica se manifiesta concretamente en sus muchas comunidades particulares, especialmente en lo que conocemos como diócesis.  El Vaticano II enseña que las diócesis están «formadas a imagen de la Iglesia universal, en las cuales, y a base de las cuales se constituye la Iglesia católica, una y única» (Lumen Gentium, 23).  Cada diócesis es una encarnación de la única Iglesia de Cristo en un lugar particular.  La Iglesia de Cristo está plenamente presente en toda comunidad local legítima. 

Aunque cada diócesis tiene su propia «personalidad», cada diócesis (obispo, sacerdotes, diáconos, religiosos consagrados y fieles laicos) debe permanecer firme en su comunión con el único Vicario de Cristo, el Papa; coherente en su profesión de fe única y en su digna celebración de los siete sacramentos instituidos por Cristo.

A lo largo de sus 2.000 años de historia, la Iglesia Católica ha experimentado altibajos, puntos altos y bajos, santos y pecadores, pero perdura hasta el día de hoy porque es el verdadero Cuerpo de Cristo.  Incluso mientras continuamos experimentando conmoción y horror por los pecados viles cometidos por algunos de los clérigos de la Iglesia, debemos encontrar nuestro consuelo en la promesa de Jesús de estar siempre con su Iglesia, en y a través del don del Espíritu Santo.    ¡Qué don que se nos ha dado al ser llamados por la fe y el bautismo a pertenecer a ese único Cuerpo de Cristo!

(Traducido por Luis Baudry-Simón.)


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