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LA VOZ DEL OBISPO: Libertad y responsabilidad

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
07/03/2020 | Comments

Este año, el 4 de julio, celebramos el 244º año de la independencia de los Estados Unidos de América. Recordamos las bendiciones particulares que hicieron a esta tierra tan agradable para la democracia:

Estas bendiciones incluyen: un pueblo inmigrante, inusualmente dotado de iniciativa y empuje; un pueblo religioso, que habiendo huido de la persecución, atesora sus derechos religiosos; un pueblo educado, que instituyó el sistema de educación más inclusivo del mundo; una tierra generosa, repleta de recursos naturales y de una increíble belleza natural; una tierra espaciosa, con espacio hoy para 318 millones de ciudadanos, cuyo número sigue aumentando; una sabia generación fundadora, que creó una Constitución duradera y las tradiciones de una república autónoma; una fuerte y vibrante economía, con industria y tecnología ingeniosa; un espíritu nacional humano, que ganó dos guerras mundiales así como la Guerra Fría y creó el orden geopolítico actual, por muy frágil que sea.

Una de las fuentes de nuestra fuerza nacional es una tradición de gobierno limitado, creada en reacción a las demandas ilimitadas de la monarquía de derecho divino. Nuestra Constitución contiene una triple división del poder de gobierno — legislativo, ejecutivo y judicial — y un sistema de controles y equilibrios entre ellos. Es más, la Novena y la Décima Enmienda de la Constitución dejan claro que los poderes no enumerados en la Constitución están reservados al pueblo y a los diversos estados. En nuestro sistema de gobierno, es el Pueblo el que es soberano, no un monarca, y es el Pueblo el que delega poderes limitados y específicos al gobierno, reservándose el resto para sí mismo.

Otra fuente de nuestra fuerza nacional es la Declaración de Derechos: un reconocimiento de que los derechos preceden al gobierno, una enumeración de derechos que el gobierno no puede invadir. El primero de estos derechos es la libertad religiosa, nuestro patrimonio histórico. No debe haber ningún establecimiento gubernamental de una religión, ni ningún impedimento al libre ejercicio de esta. Como consecuencia, los Estados Unidos son hoy la nación más religiosa de Occidente.

Habiendo enfocado correctamente la atención en las muchas bendiciones de las que disfrutamos como ciudadanos americanos, no podemos dejar de lado el hecho de que nuestro país no es perfecto, o, más exactamente, nosotros los americanos no somos perfectos. No acepto la acusación de que Estados Unidos es un país intrínsecamente racista y corrupto. Lo que sí sé es que todo ser humano es un pecador, algunos mucho más que otros. Aunque hemos dejado atrás la discriminación racial legalmente, sigue habiendo gente racista en los Estados Unidos, y en todo el mundo. Jesucristo murió por nuestra salvación, pero el pecado y las tendencias al pecado siguen muy vivas. No creo que el racismo, o cualquier otro pecado, pueda ser borrado con protestas, incluso pacíficas, ni ciertamente con violencia. El pecado se vence de a una persona a la vez. Cuando cada uno de nosotros decida enfrentarse seriamente al diablo en su propia vida, no sólo el racismo comenzará a disminuir, sino también una multitud de otros pecados. Es Dios quien nos llevará a una cultura más pura y renovada.

Se ha dicho que la vigilancia eterna es el precio de la libertad. El hecho de que hayamos heredado una república libre no garantiza por sí mismo que esa república perdure. Es algo que debe ser logrado nuevamente por cada generación subsiguiente, contra cualquier fuerza, por muy bien intencionada que sea, que actúe contra ella. Muchos progresistas ven la religión como un enemigo de la república, mientras que se niegan a reconocer la naturaleza religiosa de sus propios valores. Debemos permanecer vigilantes. Debemos involucrarnos en las grandes conversaciones que crean el futuro de la nación. En este momento de nuestra historia, es la conversación sobre el racismo la que nos convoca. No tengamos miedo de ser parte de esa conversación. Especialmente en este año electoral, hablemos, votemos, tratemos de influir en ese futuro, como es nuestro derecho.

Para los judíos y los cristianos, hay un significado más profundo para la libertad que simplemente la independencia de la nación. En un verso de uno de nuestros himnos nacionales, «Mi país es de ti», cantamos, «Que nuestra tierra sea brillante / Con la luz santa de la libertad». La libertad es, en efecto, algo sagrado. Dios nos creó en su libertad, sin obligaciones ni restricciones. Dios nos dio el regalo de la libertad para que pudiéramos elegir libremente responder a su oferta de amistad. La libertad no es sólo hacer lo que queramos. Tenemos libertad porque tenemos responsabilidades. Nuestra más profunda responsabilidad es vivir una vida moral, crear y preservar una sociedad moral, respetar la santidad del matrimonio entre un hombre y una mujer, y educar a nuestros hijos en los valores que llevarán esta visión al futuro. En todo esto estamos respondiendo a Dios con el lenguaje de nuestras vidas. ¡Larga vida a esta libertad! ¡Larga vida a la gran República Americana en la que esta libertad florece!

(Traducido por Luis Baudry-Simón.)


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