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LA VOZ DEL OBISPO: El trabajo es un reflejo de la dignidad humana El trabajo es un reflejo de la dignidad humana

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
09/04/2020 | Comments

Nuestra observancia del Día del Trabajo nos mueve como católicos a reflexionar sobre el significado del trabajo humano a la luz de la Sagrada Escritura y las enseñanzas de la Iglesia.

¿Cómo debemos entender el papel del trabajo en nuestras vidas?  ¿El trabajo realmente ayuda a cumplir nuestro papel como cooperadores de Dios en el perfeccionamiento de la creación? ¿O el trabajo es poco más que una tarea pesada y necesaria?

Es Dios mismo quien llamó al hombre a ser un trabajador.  El trabajo es parte del estado original del hombre.  Dios colocó a Adán y Eva en el jardín con el mandato de cultivarlo y cuidarlo (Gen. 2:15).  El hombre y la mujer estaban destinados a «llenar la tierra y someterla» como colaboradores del Creador, a quien toda la creación pertenecía.  El trabajo, entonces, refleja la dignidad de la persona humana porque es una participación en la obra de Dios.  El trabajo es parte del estado original del hombre y precede a su caída; por lo tanto, no es un castigo o una maldición.

No fue hasta que el pecado entró en el mundo a través del mismo hombre y la misma mujer que el hombre experimentó el trabajo de manera diferente.  Debido a que el hombre no comprendió su lugar en la creación, sino que buscó ser como Dios mismo, toda la humanidad experimenta ahora los efectos del pecado original. «Al hombre [Dios] le dijo: “Porque le hiciste caso a tu mujer y comiste del árbol prohibido . . . Comerás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella te sacaron; porque eres polvo y al polvo volverás”» (Génesis 3:17,19).

Sin embargo, a pesar del pecado de Adán y Eva, el plan de Dios para el hombre no cambió.  Todavía estamos llamados a cultivar y cuidar la creación.  Los seres humanos trabajan para ganar el dinero necesario para vivir en el mundo y para mantener a otros en la familia.  El trabajo, entonces, además de ser una participación en la obra de Dios, es también un deber.  San Pablo recuerda a los Tesalonicenses:  «Cuando estábamos con ustedes, les dimos esta regla: el que no quiera trabajar que no coma» (2 Tesalonicenses 3:10).

Trabajamos porque estamos hechos a imagen y semejanza de Dios y porque es el deber de los que viven en el mundo y por lo tanto deben estar involucrados en el mundo.  Cada cristiano, por pertenecer a una comunidad de personas, debe trabajar para contribuir a su propio bien, así como al de la comunidad.  Ninguno de nosotros tiene derecho a vivir a expensas de los demás.  

Pero el trabajo no es un fin en sí mismo. No es el único propósito de la vida.  Nuestra enseñanza social católica nos dice que el trabajo es esencial, pero es Dios — y no el trabajo — quien es el origen de la vida y la meta final del hombre.  Esta verdad es la base de nuestra observancia del descanso sabático.  El domingo no es simplemente un descanso de la semana laboral.  El domingo es el momento privilegiado para que miremos a Dios.  «El descanso permite a los hombres recordar y revivir las obras de Dios, desde la Creación hasta la Redención, reconocerse a sí mismos como obra suya (cf. Ef 2,10), y dar gracias por su vida y su subsistencia a Él, que de ellas es el Autor» (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 258).

El trabajo humano tiene un doble significado: objetivo y subjetivo.  En el sentido objetivo, el trabajo es «el conjunto de actividades, recursos, instrumentos y técnicas de las que el hombre se sirve para producir» (Compendio, 270).  Visto en su dimensión objetiva, el trabajo es la actividad que emprendemos para hacer o hacer cosas.

La dimensión subjetiva — y esta es la dimensión más importante — es precisamente lo que da al trabajo humano su dignidad.  Este es un trabajo como una actividad esencialmente humana.  «La subjetividad confiere al trabajo su peculiar dignidad, que impide considerarlo como una simple mercancía o un elemento impersonal de la organización productiva . . . La persona es la medida de la dignidad del trabajo: En efecto, no hay duda de que el trabajo humano tiene un valor ético, el cual está vinculado completa y directamente al hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona” (Compendio, 271).  Esta enseñanza da prioridad a la persona, no al trabajo.  No debemos olvidar esta enseñanza en una cultura que a menudo valora a una persona en la medida en que el trabajo de una persona produce cosas.

El trabajo nunca es más importante que la persona que se dedica al trabajo.  El trabajo procede de la persona humana y, de hecho, tiene como objetivo final la persona humana.  El hombre se realiza en el trabajo en la medida en que afirma que el trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo.  Incluso en las dificultades y cargas del trabajo, el cristiano encuentra la redención.  Cuando soportamos las penurias del trabajo en unión con Jesús, esas penurias son redentoras.

Debido a que el trabajo es un deber que nos ha sido dado por Dios, en virtud del hecho de que fuimos creados a su imagen y semejanza, es a través del trabajo que nosotros, en parte, realizamos nuestro potencial humano.

(Traducido por Luis Baudry-Simón)


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