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EL BÁCULO DEL OBISPO: ¿Recibir o tomar?

By EXCMO. y RVDMO. MONS. JAMES GOLKA
11/05/2021 | Comments

 

 

 

 

 

 

En algunas denominaciones, los comulgantes toman la Comunión, o “toman el Sacramento”, en lugar de recibirlo; esta última es la expresión que usamos los católicos. Y con esa elección de palabras, surge toda una diferencia de visión del mundo.

Para los católicos, “tomar” la Comunión es una expresión demasiado activa. Se hace demasiado hincapié en lo que nosotros hacemos. Esto, a su vez, apunta a un problema recurrente en la historia de la doctrina y la espiritualidad. 

En el siglo V surgió una polémica en la Iglesia, asociada al monje inglés Pelagio (354-418), un director espiritual que ejerció su ministerio en Roma, Cartago y Jerusalén.  Era un hombre culto, que dominaba el latín y el griego, y hablaba y escribía de forma persuasiva. Creía que los seres humanos eran capaces de evitar el pecado sólo con su fuerza de voluntad. No creía que el pecado de Adán y Eva debilitara la voluntad humana o afectara a la humanidad de otra manera que no fuera dando un mal ejemplo. 

Fue contemporáneo del gran San Agustín (354-430), obispo de Hipona en el norte de África. Agustín sabía por su propia experiencia personal de conversión que la enseñanza de Pelagio no era correcta.  Había experimentado de primera mano el poder esclavizante del pecado, por irracional que fuera, y también había experimentado el remedio salvador de la gracia. Por ello, criticó con vehemencia a Pelagio, al igual que San Jerónimo lo hizo en Tierra Santa. Es de San Agustín que gran parte de la doctrina católica sobre el pecado original y la gracia santificante tiene su origen. 

Agustín, y finalmente toda la Iglesia con él, enseñó que la muerte es un efecto del pecado, no simplemente un elemento de la naturaleza; que los niños deben ser bautizados para ser limpiados del pecado original; que la gracia santificante remite los pecados pasados y ayuda a evitar los futuros; que la gracia de Cristo fortalece la voluntad de actuar según los mandamientos de Dios; y que ninguna obra buena puede venir sin la gracia de Dios. En todo esto, enseñó Agustín, la iniciativa es de Dios.  Este punto de vista se convirtió en doctrina en el Concilio regional de Cartago en 418, y en el Concilio ecuménico de Éfeso en 431. 

La salvación es algo que se nos da, no algo que se nos ocurre por nuestra cuenta. No nos salvamos porque seamos buenos chicos o buenas chicas. Nos salvamos porque Dios perdona gratuita nuestros pecados y nos da una nueva fuerza moral. 

Toda esta cuestión se volvió a discutir en el siglo XVI, durante la Reforma Protestante. En aquella época, debido a los abusos de la doctrina de las indulgencias y a otras confusiones sobre la doctrina, se hizo necesario que la Iglesia reafirmara la necesidad de la iniciativa de Dios en el ámbito de la gracia y en la posterior vida moral de los cristianos. Los católicos creen que a partir de entonces cooperamos con la gracia de Dios, pero que la iniciativa es completamente suya. Todo comienza con él. 

La historia de la salvación está repleta de historias de la iniciativa de Dios. Sin previo aviso, Dios se dio a conocer a Abram y le ordenó que dejara su tierra y su pueblo para ir a una tierra que él (Dios) le mostraría. En la historia del Éxodo, vemos claramente que el intento de Moisés de salvar a su pueblo por su propio poder dio lugar a que se le buscara como asesino. Sólo Dios podía salvar a su pueblo y lo hizo a través de los signos y prodigios del Éxodo. 

En el vagabundeo por el desierto, el pueblo refunfuñó contra Moisés y contra Dios, pero Dios les dio maná, codornices y agua de la roca. Dios les dio victorias sobre sus enemigos, y los estableció en la tierra de la Promesa. En el tiempo de los profetas, alimentó al profeta Elías en el Wadi Cherith enviando cuervos para que le trajeran comida, y luego llevándolo a la viuda de Sarepta, donde él, ella y su familia vivieron con una jarra de harina durante mucho tiempo. 

En el único milagro descrito en los cuatro Evangelios, Jesús alimentó a una multitud de miles de personas con sólo unos pocos panes y peces. Les salió al encuentro en su hambre y los satisfizo; en realidad, los satisfizo con creces, dejando doce cestas de sobras. 

En el capítulo seis de Juan, el propio Jesús reflexiona sobre el significado de este milagro y afirma simplemente: “Yo soy el pan de vida... el pan vivo que bajó del cielo. Quien coma este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6,48-51). Jesús da este pan.  No lo tomamos sin más.  Nosotros lo recibimos con gratitud, la prenda de la vida eterna.   

(Traducido por Luis Baudry-Simón)


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