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LA VOZ DEL OBISPO: El verdadero significado de la conciencia

By EXCMO. y RVDMO. MONS. MICHAEL SHERIDAN
03/17/2018 | Comments

Mucho se está escribiendo estos días sobre la importancia, incluso la primacía, de la conciencia en nuestras decisiones morales. No todo lo que leemos es útil, o incluso correcto, cuando se trata de comprender qué es la conciencia y cuáles son sus límites.

Por esta razón, es fundamental que este tema tan importante se entienda claramente.
El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) define la conciencia moral de esta manera:  “Presente en el corazón de la persona, la conciencia moral le ordena, en el momento oportuno, practicar el bien y evitar el mal.  Juzga también las opciones concretas aprobando las que son buenas y denunciando las que son malas.  Atestigua la autoridad de la verdad con referencia al Bien supremo por el cual la persona humana se siente atraída y cuyos mandamientos acoge. El hombre prudente, cuando escucha la conciencia moral, puede oír a Dios que le habla” (n. ° 1777).

Hay varios puntos que deben tenerse en cuenta acerca de esta definición autoritativa.  Primero, la conciencia moral juzga las opciones particulares que hacemos.  La conciencia es un juicio de la razón que se basa en la ley moral natural y las normas de la acción moral que se han revelado en la Sagrada Escritura y en la Tradición recibida de la Iglesia.  La conciencia se invoca cuando estamos contemplando una acción en particular, o cuando estamos en el proceso de realizar la acción, o en la evaluación de la calidad moral de una acción ya completada.  

En segundo lugar, debido al papel que desempeña la conciencia en nuestra vida moral, es esencial que cada cristiano tenga una conciencia bien formada.  Volviendo al Catecismo, encontramos los elementos de una conciencia bien formada.  “Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador” (CIC, n. º 1783) [negrillas añadidas].  Debemos estar siempre en el proceso de educar nuestra conciencia tomando en serio la ley moral objetiva, tal como se encuentra en las Escrituras y las enseñanzas de la Iglesia Católica.  En otras palabras, buscamos formar nuestra conciencia de acuerdo con la verdad moral enseñada por Cristo y su Iglesia.

La formación de la conciencia también implica la práctica de la virtud, la confianza en la oración y la familiaridad con la Palabra de Dios.  El que vive en el pecado habitual no puede esperar tener una conciencia bien formada.

Tercero, en todo esto encontramos que la conciencia juzga de acuerdo con los principios de la ley moral objetiva.  La conciencia no es la fuente de la ley moral.  Es precisamente en este punto que encontramos la mayor confusión y una enseñanza errónea.  A menudo, cuando alguien dice que está “siguiendo su conciencia”, significa que la persona está apelando a la conciencia como si fuera la fuente de la ley moral.  La conciencia es la facultad por la cual llegamos a reconocer la ley moral, no a crearla.  Por esta razón, la conciencia auténtica y bien formada nunca juzgará que es bueno lo que es malo, como esto ha sido revelado por Cristo a través de su Iglesia.  “Nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien” (CIC, n. º 1789).

Es un principio fundamental de la enseñanza católica que uno debe seguir su conciencia.  Pero hay más que decir al respecto.  Aparte de la situación de ignorancia invencible, solo debe seguirse una conciencia bien formada.  Una conciencia bien formada no confundirá la ley moral objetiva con las preferencias personales o los sentimientos.  La conciencia no es un sustituto de las enseñanzas de Cristo y su Iglesia.

Y finalmente, también se debe notar que la conciencia puede ser errónea.  Cualquier ser humano es capaz de hacer un juicio equivocado.  “El desconocimiento de Cristo y de su Evangelio, los malos ejemplos recibidos de otros, la servidumbre de las pasiones, la pretensión de una mal entendida autonomía de la conciencia, el rechazo de la autoridad de la Iglesia y de su enseñanza, la falta de conversión y de caridad pueden conducir a desviaciones del juicio en la conducta moral” (CIC, n. º 1792).

Aquí hay una regla empírica para cualquiera que sea serio acerca de hacer juicios morales correctos:  Solo aquellos juicios que están de acuerdo con la Revelación Divina, como ha sido recibida y enseñada por la Iglesia en su Tradición constante, son juicios correctos de una conciencia auténtica.

(Traducido por Luis Baudry-Simon)


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